La masajista que peregrina por el Camino de Santiago para que otros continúen su viaje en condiciones

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Petra Pestonit trabajando en el Hotel Monumento San Francisco, donde le dieron su primera oportunidad, recuerda.
Petra Pestonit trabajando en el Hotel Monumento San Francisco, donde le dieron su primera oportunidad, recuerda. PACO RODRÍGUEZ

Petra Pestonit presume de ser la primera que dio el servicio, hace unos 20 años, en alojamientos del tramo final de la ruta jacobea

05 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

En los últimos kilómetros del Camino de Santiago, cuando el cuerpo se resiente y el agotamiento más se nota, un masaje terapéutico puede ser la diferencia entre continuar el viaje o tirar definitivamente la toalla. Ahí es cuando entra en juego Petra Pestonit, una muradana que lleva casi toda su vida en Compostela. Con 25 años de experiencia como masajista, presume de ser la primera mujer que comenzó a dar este servicio itinerante de forma profesional en los hoteles, pazos y otros alojamientos emplazados en el último tramo de las rutas jacobeas. Unos cuatro lustros lleva peregrinando por las etapas finales (hasta Melide, Padrón, Negreira, Rois... puntualmente, incluso más lejos) para que otros puedan continuar su aventura en condiciones. Y también trabaja en la propia meta, para que el regreso a casa y a la rutina sean más llevaderas.

«Cuando empecé no había ninguna otra chica haciendo esto. Trabajar en los hoteles era algo muy excepcional, prácticamente había que convencer a los empresarios de la importancia del masaje para los peregrinos. Hoy se han superado muchos prejuicios y se considera que ya es parte del Camino», indica, al tiempo que recuerda que en el Hotel Monumento San Francisco de Santiago le dieron su primera oportunidad. «Yo venía del mundo del spa», apunta una mujer que llegó a la capital gallega para estudiar Xeografía e Historia en la USC. Se especializó en geografía aplicada, pero ante las dificultades para entrar en el mercado laboral, tomó otros derroteros profesionales. «Durante más de 15 años trabajé de ejecutiva comercial. La ansiedad y estrés acabaron pasándome factura. Necesité muchas sesiones de fisioterapia y masajes para recuperar movilidad y que mi espalda volviera a ser la misma. Eso me llevó a interesarme más por este mundo y aproveché dos años de paro para formarme intensamente. Hice prácticas en Cataluña, Canarias, Sanxenxo... en los mejores balnearios.

PACO RODRÍGUEZ

«Mi primer deseo, y lo sigo manteniendo hoy, es hacer un trabajo lo más profesional posible, conocer el protocolo de cabina, las técnicas de masaje y tus propios límites como masajista para saber hasta dónde llegar y qué es un trabajo más propio de un fisioterapeuta o osteópata». Ella ofrece un servicio totalmente personalizado porque «no es lo mismo trabajar con una persona con una patología que con otra que está sana y en buena forma. Preguntar al cliente de dónde viene, cómo está, si trabaja en una oficina o realiza esfuerzos físicos... es fundamental para saber qué masaje se adapta mejor a él. Por mi parte, creo que es una de las grandes aportaciones que hago al Camino, en cuanto que no hago los mismos movimientos con todos sino lo que cada uno necesita. Me gusta volcarme en el cliente, que se queden satisfechos, y es algo que reconocen a través de las reseñas de Google, en el que tengo un perfil lleno de agradecimientos», dice orgullosa. 

Constata Petra que el perfil de sus clientes en el Camino fue cambiando: «Antes era algo más exclusivo. El peregrino venía mayoritariamente solo, cargado con la mochila y haciendo muchísimos kilómetros desde Francia, en busca de una introspección y conexión con la naturaleza. Llegaban con más contracturas, con las tibiales sobrecargadísimas, las rodillas inflamadas, ampollas en los pies... y hoy abundan los viajes en grupos, organizados por agencias, en los que hacen menos kilómetros y dedican tiempo también a otras actividades organizadas y visitas turísticas; por lo que obviamente llegan con menos molestias y lesiones. Además, se produce un efecto dominó: una vez que uno se da un masaje es muy frecuente que luego lo hagan otros del grupo», observa una terapeuta que dice trabajar «con cariño, cuerpo, cabeza y corazón» y destaca lo «enriquecedor» que es conocer a gente de todas las partes del mundo.

«La parte más bonita de mi profesión es que todos los días son diferentes. Aquí no te aburres y conoces a gente de todas las partes del mundo, de distintas religiones, cultura, educación.. con formas de ver el mundo muy diferentes. Siempre intento aprender algo de ellos y dejarles, a su vez, un poquito de mí», indica. Y, lo más difícil, añade, es que «todo el mundo te pide el masaje "para ya". Vivimos en una época en la que buscamos la satisfacción inmediata y, sin reserva previa, en mi caso es complicado responder a toda la demanda».

Constata, por otra parte, que la demanda creció y ella tuvo que asumir que no alcanzaba sola para cubrirla: «Al principio yo cogía todo, como si eran diez o doce masajes al día y, al final, acababa agotada, porque además del masaje en sí me ocupo de la página web, de la parte más administrativa, hago los desplazamientos... Decidí marcarme un horario, con disponibilidad de 9.30 a 21.30 horas, pero las exigencias del mercado me reclamaban más y más, por lo que ahora cuento eventualmente con la colaboración de personas cercanas a mí si es necesario hacer un refuerzo, cuando no llego a todo».

La clientela contacta con Petra por diferentes vías, a través de su página web, de propios establecimientos en los que trabaja o guías y, algunos que ya han pasado por sus manos y repiten en el Camino, ya la llaman directamente. Su coche se ha convertido en su oficina y en él lleva todo lo necesario para desarrollar la actividad: camillas, sabanillas de repuesto, aromaterapia o el material para sus rituales (el del ayurveda abhanga, shi-tao, cañas de bambú, tratamientos faciales o peelings corporales). Si el tiempo y el espacio lo permiten, le gusta llevar a cabo las sesiones en exteriores, en el caso de que el alojamiento disponga de jardines, terrazas o piscinas. «Es una forma de conectarnos con la naturaleza», señala una muradana de apellido francés que esconde una bonita historia familiar. «Pestonit viene del País Vasco francés. Mi tatarabuelo era un sastre que vino en 1800 a luchar en las guerras napoleónicas. Se instaló en Noia y, en vez de hacer la guerra, hizo el amor. Allí se casó y tuvieron un montón de hijos varones», relata.