Los santiagueses sacan las garras por su patrimonio: de la polémica por las papeleras de Siza a las gárgolas del Hostal

Juan María Capeáns Garrido
Juan Capeáns SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Las lanzas colocadas en las bocas de las piezas escultóricas han generado polémica en los últimos días
XOAN A. SOLER

Compostela acumula un amplio catálogo de rebeliones populares por decisiones técnicas y estéticas relacionadas con bienes de la ciudad vieja

26 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay un runrún hiperbólico que persigue a la sociedad compostelana para describir con brocha gorda una supuesta desidia colectiva, que consiste en pensar que un día podría llegar alguien al Obradoiro y empezar a llevarse la catedral piedra a piedra y nadie levantaría una ceja durante el proceso. Fría o poco apasionada puede ser, pero no es una ciudad que haya dejado pasar cuestiones delicadas que tenían que ver con la protección del patrimonio o el urbanismo. En periódicos, investigaciones y en la memoria reciente están documentadas un buen número de polémicas ciudadanas que unas veces se quedaron en pataletas y otras consiguieron frenar auténticas tropelías.

La reacción de un colectivo de defensa del patrimonio y de la asociación vecinal del casco histórico a la solución propuesta para las gárgolas del Hostal dos Reis Católicos, todavía en vías de solución, es una anécdota ante los debates y rebeliones populares por la defensa estética del conjunto monumental, con el mérito de que muchos de esos conflictos suponían enfrentamientos con instituciones en épocas donde las libertades eran escasas para cualquier asociación, y más para los ciudadanos de a pie.

El edificio Castromil se ideó como café y espacio de conciertos, pero acabó siendo una estación de autobuses
El edificio Castromil se ideó como café y espacio de conciertos, pero acabó siendo una estación de autobuses Archivo José Ramón Mosquera

Del trauma a la conciencia

El caso más sonado y traumático fue el del derribo del edificio Castromil, en la plaza de Galicia, que acabó sucumbiendo a la piqueta tras generar una ruidosa movilización agitada por unos jóvenes profesionales con inquietudes que coincidiendo con el inicio de sus carreras acababan de crear el Colexio de Arquitectos de Galicia. «Aquello valió para que la sociedad valorase otras arquitecturas más allá del neoclásico o el barroco», consideró uno de los ideólogos de aquel movimiento, Carlos Almuíña, al cumplirse los 50 años de la demolición, hace solo siete meses.

Una imagen de Praterías antes de los años 40, con casas en lugar del Banco de España
Una imagen de Praterías antes de los años 40, con casas en lugar del Banco de España

Franco murió unas semanas después de aquella operación avalada por el Concello para construir el primer aparcamiento subterráneo de Santiago. Cuarenta años antes, con la dictadura en pañales y las preocupaciones propias de la posguerra, Compostela también vio cómo desaparecía un conjunto de edificios que conformaban junto a la catedral y a la teatral Casa do Cabildo la praza de Praterías. El objetivo, de nuevo con el visto bueno del Ayuntamiento, era construir una sede del Banco de España. Se hizo y el resultado fue un inmueble con un estilo tosco, pese a la constitución de una comisión ciudadana en contra promovida nada menos que por la Iglesia, la Universidad, empresarios y gentes de la cultura como el escultor Asorey. A base de quejas vecinales y con el apoyo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando mediante sí se logró reducir el volumen del proyecto. Cuando la actividad bancaria cesó se reabrió tímidamente la polémica, pero se impuso el horror vacui ante el temor de que el remedio fuera peor que la enfermedad. Acabó convirtiéndose en el Museo das Peregrinacións.

  

Esculturas polémicas

En el Obradoiro y en los márgenes del franquismo también hubo líos importantes. El político y exministro Eugenio Montero Ríos había muerto en 1914, y dos años después Santiago encargó una estatua que ubicó en el centro de la entonces llamada plaza del Hospital. Allí estuvo hasta 1928, pese a que incluso antes de su instalación el diario El indiscreto ya alertaba de que el exclusivo emplazamiento «estaba llamado a destruir la perspectiva de tan grandiosa plaza, que no tiene igual en España, y por eso se han levantado numerosas sociedades de arte». Acabó en la plaza de Mazarelos.

En El Eco de Santiago, otro periódico de la época, salió a la luz en 1908 la idea del canónigo Antonio López Ferreiro de pintar y dorar la urna que está en el cuerpo central de la fachada del Obradoiro, una iniciativa que contó con la defensa del literato Armando Cotarelo Valledor. Todo derivó en una polémica de tono más académico que popular sobre la policromía que recogió la investigadora de la USC Irene Mera hace unos años en la revista Quintana. El dorado nunca se impuso, pero sí hay documentación gráfica de la urna y de las dos estatuas de Teodoro y Atanasio con un insólito blanco. De nuevo intervino la Academia de Bellas Artes para recuperar la neutralidad granítica.

La Casa da Xuventude no tiene actividad, su deterioro es evidente y su futuro sigue vigente en la política local
SANDRA ALONSO

Un caso latente

Si hay un caso latente ese es el de la Casa da Xuventude. Levantada en 1984, no ha habido desde entonces alcalde que no haya tenido que posicionarse sobre su futuro. Cuando en octubre del año pasado sobrevoló la posibilidad de una moción de censura en Santiago por la crisis socialista el candidato popular propuso un «gobierno de emergencia» cuya primera acción era inequívoca: derribar la Casa da Xuventude.

El arquitecto portugués Álvaro Siza ubicó bancos y papeleras en el 2001, 7 años después de finalizar el parque de Bonaval
El arquitecto portugués Álvaro Siza ubicó bancos y papeleras en el 2001, 7 años después de finalizar el parque de Bonaval XOAN A. SOLER

 Los excesos de Kleihues y la «faraónica» Cidade da Cultura

 Con el asentamiento de la democracia se abre una nueva era para las instituciones públicas, que se lanzan en España a una carrera modernizadora recurriendo a arquitectos estrella para construir edificios representativos. La autonomía, con una Xunta y un Parlamento que en sus inicios fueron inquilinos de la Iglesia y la Universidad, habían recuperado San Caetano y el cuartel del Hórreo, pero había que dejar huella como fuera y crear un museo de arte gallego a solo unos metros de San Domingos de Bonaval. El fichaje del portugués Álvaro Siza a finales de los 80 fue determinante para aplacar el recelo inicial, porque el arquitecto entendió la parcela y con sus explicaciones sobre el uso del granito en la fachada se ganó el beneficio de la duda. El CGAC, como acabó llamándose, vive tiempos discretos en cuanto a popularidad y contenidos, pero nadie duda de que el contenedor es una joya contemporánea.

El problema de Siza llegó con el parque, diseñado junto a la paisajista Isabel Aguirre. Ambos lograron recuperar un espacio natural y un cementerio abandonados hasta convertirlos en uno de los lugares favoritos de los santiagueses, que enseguida echaron en falta elementos tan básicos como las papeleras o los bancos. Siete años después de su inauguración el genio de Matosinhos accedió a la petición popular, pero en su visita aprovechó para cargar con dureza contra todas las intervenciones que había acometido con posterioridad el Concello en la zona, incluido el aparcamiento de La Salle. «Si después van a hacer lo que quieran, es mejor que no me llamen desde un principio», dijo.

Manuel Fraga visitado las obras de la Cidade da Cultura, un complejo que se paralizó y modificó
Manuel Fraga visitado las obras de la Cidade da Cultura, un complejo que se paralizó y modificó ALVARO BALLESTEROS

Otro arquitecto de renombre, Josef Paul Kleihues, vio cómo le paralizaban el pabellón del Rosalía de Castro, por excederse en altura y alterar la postal del casco histórico desde la Alameda. Los alumnos llegaron a protestar con pancartas, el alemán corrigió cotas y materiales y la polémica se disolvió. En ese proceso de asimilación sigue la Cidade da Cultura, del norteamericano Peter Eisenman, al que también acompañó el conflicto en Alemania por su monumento sobre el holocausto. Entonces, un diario germano analizó sus trabajos anteriores, deteniéndose en el Gaiás: «Es una obra faraónica, demasiado grande, demasiado cara y carente de contenido».

La iglesia de San Pedro, en el casco histórico de Melide, en su estado actual con andamios y piedra vista, y recreación (derecha) con el polémico proyecto de lienzo encalado
La iglesia de San Pedro, en el casco histórico de Melide, en su estado actual con andamios y piedra vista, y recreación (derecha) con el polémico proyecto de lienzo encalado Noguerol

El pulso social blindó la piedra vista en la iglesia de San Pedro

La reacción fue inmediata una vez trascendió el proyecto de rehabilitación de la iglesia. Y el inicio de la, por necesaria, esperada intervención quedó empañado por la solución propuesta para las fachadas del inmueble. Sucedió en Melide, donde un día después de la visita del conselleiro de Cultura, José López Campos, para anunciar el comienzo de las obras para subsanar las patologías que acumuló la iglesia parroquial de San Pedro por filtraciones de agua y por deficiencias de estabilidad en los muros, surgió la primera voz discordante con en el encalado proyectado para el exterior del edificio. Fue el primer eslabón de una cadena social que los vecinos engarzaron con diferentes actos de protesta.

El rechazo al encalado de la iglesia quedó de manifiesto en una espontánea campaña de recogida de firmas que reunió más de dos mil apoyos, también en la numerosa afluencia a un encuentro informativo con técnicos contrarios a esa solución para las fachadas de San Pedro, y en las protestas que se mantuvieron, viernes tras viernes, hasta que en una segunda visita a Melide, López Campos avanzó que el exterior de la iglesia parroquial se mantendría en piedra vista. Desde su departamento, siempre mantuvieron que el encalado no era una propuesta definitiva, sino una de las soluciones en estudio para determinar, entre ellas, la mejor opción para contener las filtraciones de agua y la humedad en el templo.