La mexicana que llegó por un año sabático y se quedó para cambiar la educación desde Ames
SANTIAGO
Mercedes Urbiola dirige con su hijo Íñigo la escuela Galicia Montessori en Bertamiráns
02 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay una escuela en Bertamiráns (Ames) en la que los niños aprenden solos. Crecen entre plantas y animales: cobayas, insectos palo, gallinas y algún otro visitante peludo eventual. Los alimentan, recogen los huevos, limpian jaulas y gallinero, participan en la incubación de los polluelos... Aprenden a ser respetuosos con la naturaleza y con su entorno en general, desarrollan valores, un pensamiento crítico y una mayor creatividad, como el prícipe de Gales. En Galicia Montessori los menores son los importantes, por encima de los adultos. Ellos escogen qué capacidades cultivar en un ambiente de libertad y respeto. «Son alumnos activos, multiplicando sus aprendizajes. Aquí los pequeños toman sus propias decisiones, haciéndose responsables de ellas y teniendo en cuenta siempre a los demás. Tampoco es que hagan lo que les da la gana, como mucha gente cree. Nosotros somos sus guías, para que avancen en su aprendizaje, y los ayudamos a conectar con su fuerza interna en un ambiente propicio, rico en materiales y recursos», explica Mercedes Urbiola. Esta mexicana vino en el 2003 a Galicia con su exmarido y sus cuatro hijos (la menor tenía solo 3 años y, el mayor, 12). Llegó por un año sabático y se quedó para cambiar la educación desde aquí.
Recuerda que, en México, sus retoños iban a una escuela Montessori y ella trabajaba en una. A falta de un centro así en la comarca santiaguesa, los matriculó en un colegio público y, cuando le ofrecieron a su expareja trabajo en la universidad y decidieron instalarse definitivamente en Bertamiráns, esta pedagoga y guía Montessori —con un máster en dificultades en el aprendizaje— decidió aportar su granito de arena «para hacer algo por la educación en esta parte del mundo».
Empezó a colaborar con el colegio al que iban sus hijos, el CEIP de Barouta, al mismo tiempo que abrió un gabinete de apoyo emocional y pedagógico para niños y jóvenes, el centro Humana, que aún hoy existe y es referente en el sector. «Ahí abrí un aula de pedagogía terapéutica, en la que empecé a trabajar con mi propia hija. Un grupo de amigos vio que ella aprendía cosas que no les habían enseñado aún en clase y sus padres empezaron a traerlos. Me propusieron que aprendiesen allí conmigo, en vez de ir al centro regular. Esto nos llevó a abrir Galicia Montessori en el 2010. Empezamos en un piso, luego en una casa y construí más tarde una ludoteca que acabó siendo la escuela infantil actual, donde hay menores de entre 2 y 6 años por las mañanas y grupos Montessori por las tardes de todas las edades», indica una mujer para la cual este «es un proyecto vocacional» y «lo mantengo porque creo que nuestra sociedad necesita una educación diferente para ser más digna, más humana y pacífica».
También han trabajado en esta empresa sus hijas Josune y María José Blix. Y, en los últimos años, acompaña a Mercedes otro de ellos, Íñigo, quien hoy ayuda a que crezca una nueva generación Montessori. «Comencé a trabajar en la enseñanza pública y me llevé un golpe de realidad. Sentía que algo no funcionaba y empecé entonces a interesarme más por un método que tenía a mano, en mi propia casa. Formarme en él me cambió la vida. No solo se queda en el apartado laboral, es un trabajo interno que te abre un abanico enorme», afirma él.
De cara al futuro, Galicia Montessori aspira a encontrar socios y familias para continuar el ciclo educativo en primaria.