Santiago se despide del bar Rodeiro, que cocinó su fama entre cocidos desde 1992

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

Divina y Julio cierran el Rodeiro en la rúa de San Pedro, donde estos vecinos del barrio sirvieron cocido a centenares de personas a la semana. Dice ella, la cocinera del negocio familiar, que lo que no echará de menos es madrugar y preparar su cocido especial durante todo el día (un banquete que dejaron de servir tras la pandemia, para disgusto de sus muchos seguidores fieles).
Divina y Julio cierran el Rodeiro en la rúa de San Pedro, donde estos vecinos del barrio sirvieron cocido a centenares de personas a la semana. Dice ella, la cocinera del negocio familiar, que lo que no echará de menos es madrugar y preparar su cocido especial durante todo el día (un banquete que dejaron de servir tras la pandemia, para disgusto de sus muchos seguidores fieles). SANDRA ALONSO

Divina Varela y Julio Vázquez se jubilan y hoy bajarán la reja definitivamente en la que fue su segunda casa durante 34 años

28 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

«Por un lado, está el cansancio. Cada vez costaba más hacer el trabajo y necesitábamos ya parar. Y, por el otro, te vas con mucha pena porque llevamos 34 años aquí y tenemos clientes que el primer día que abrimos la puerta del Rodeiro entraron para adentro y todavía siguen viniendo», dice con voz emocionada e intentando frenar las lágrimas tras los cristales de sus gafas Julio Vázquez, dueño de uno de los clásicos de la hostelería compostelana en el que hoy bajarán definitivamente la reja. Él ha decidido jubilarse a sus 70 años junto a su mujer, Divina Varela, de 69. «Aunque estábamos cómodos aquí, hay que saber soltar», afirma ella, la cocinera que construyó la fama de este humilde negocio familiar entre cocidos, un plato que siguieron sirviendo religiosamente cada martes y sábado para medio centenar de personas hasta el último día.

En apenas ocho metros cuadrados Divina hacía su magia. «La cocina es pequeñita, pero me adapté mucho a ella y ella a mí», constata una mujer que aprendió los secretos de la cocina tradicional con la tía de su madre, Carmen Salgado. «Ella era de Rodeiro, como nosotros [de ahí el nombre del bar, con el que quiso esta pareja hacer un homenaje a su tierra natal]», recuerda. Antes de abrir su establecimiento —a escasos metros de la conocida hoy como Praza do 8 de Marzo— en el barrio santiagués donde también residen (San Pedro), la pareja vivió durante diez años y medio en Caracas. Se fueron estando casados y allí nacieron sus dos hijas, Vanessa y Katty. «En Venezuela fui encargado de un restaurante y mi jefe siempre me decía que había que tener poquitos clientes, pero buenos», destaca Julio, quien tuvo a ese lado del charco su propia parrillada junto a otros socios antes de regresar con su familia a Galicia, en el 89.

Echando la vista atrás, sienten que han pasado «toda una vida» en el bar Rodeiro, donde también arrimaron el hombro sus hijas desde pequeñas y su yerno. Empezaron tras la pandemia a cerrar los domingos, pero antes no cogían ni un descanso. «Trabajábamos los 365 días al año. No teníamos un respiro porque, gracias a Dios, siempre había encargos de cocido», explica un hostelero aficionado a trabajar la madera que hizo con sus propias manos las mesas del bar. Una de ellas se convirtió en su lugar favorito de esta segunda casa, la mesa que está junto a la cocina, confiesa: «Me senté allí para comer el primer día y sigue siendo mi sitio, aunque a veces viene la nieta y me lo roba, pero a ella se le permite todo».

Sus dos nietos pasaron a ser, por derecho de cuna, sus visitantes favoritos, entre un público variopinto en el que había desde universitarios hasta profesores, médicos, políticos, obreros, peregrinos y turistas, vecinos del barrio... Ellos fueron el premio que les tocó en la lotería —junto con el de trabajar, comenta entre risas el matrimonio, quienes se consideran también afortunados por los dueños del local que ocuparon, «que han sido como hermanos»—.

Esta mañana Julio acudía por última vez a hacer la compra por la mañana a la Praza de Abastos para el bar y Divina hizo su último cocido para un grupo con reserva a las cuatro de la tarde. Este domingo empiezan una nueva vida en la que tendrán más tiempo para sus nietos, para tallar madera, para viajar, para cocinar sin prisas ni agobios y descubrir en qué invierten el tiempo libre de esta merecida jubilación.