El problema gravísimo de una persona asentada en los soportales de la Praza de Cervantes ha reavivado estos días la polémica social creada en torno a los sintecho que han colonizado varios enclaves de la ciudad. Gravísimo, ante todo, para las personas que malviven en la calle, y gravísimo también para quienes, porque residen, desenvuelven su actividad profesional o social en su entorno o, simplemente, porque pasan por allí, también lo sufren, viéndose obligadas a soportar escenas nada edificantes. ¿Es tolerable que incluso los niños tengan que ver todo eso? En Santiago llevamos muchos años arrastrando el problema porque no se han aplicado con la necesaria firmeza las medidas de atención integral sociosanitaria que estos casos, en primera instancia, requieren. La inacción, producto seguramente de una conciencia social mal entendida, no hace más que agravarlo y provocar un efecto llamada que acaba por desbordar la capacidad de la intervención sociosanitaria pública antes de que se llegue a puntos sin retorno y no quede más remedio que recurrir a la presión policial, como no hace mucho ocurrió en la Praza do Toural, donde la conflictividad fue a menos pero se desplazó a otros rincones de la ciudad. Asistencia sanitaria, de salud mental y contra las adicciones; acompañamiento intensivo; centros de alojamiento temporal de baja exigencia; viviendas tuteladas; integración sociolaboral. El proceso es largo, tortuoso, muy complejo y no siempre aceptado por quienes han hecho de la calle su hogar. No hay otro camino. Sin embargo, las carencias en Santiago son clamorosas. Por ejemplo, llevamos casi diez años hablando del proyecto del centro municipal de Belvís. Sí, tanto. Y seguimos.