De los retretes turcos al piano de cola: los 30 años que cambiaron el Franco

Juan María Capeáns Garrido
Juan Capeáns SANTIAGO

SANTIAGO

PACO RODRÍGUEZ

La calle de los vinos, que inició su renovación en el Xacobeo 93, acoge ahora una hostelería más refinada a costa de perder parte de su identidad

25 abr 2022 . Actualizado a las 01:41 h.

Es paradójico que la historia reciente de la ciudad sitúe en una mesa del centenario restaurante O Gato Negro la concepción moderna del Xacobeo. Entre raciones de empanada de congrio, barriles y tazas —junto al Orense, es el único de la zona que las mantiene— el exconselleiro Víctor Vázquez Portomeñe pergeñó a principios de los 90 una nueva idea de los años santos, más laica y turística y muy enfocada hacia el peregrinaje a los bares y los hoteles. Aquel tumultuoso Xacobeo 93 supuso una auténtica agitación en la rúa do Franco, la calle que tomaron los taberneros medievales, muchos de ellos procedentes de Francia, para dar de beber a los caminantes.

En realidad, a finales del siglo pasado lo que abundaba en la calle de vinos por excelencia eran los hosteleros oriundos de Val do Dubra, los retretes turcos, el serrín en el suelo mezclado con el vino y una mala fama ganada a pulso por culpa de unos pocos desalmados que le cargaban a la cuenta de los incautos que pedían marisco con alegría, por supuesto, todo en metálico. El Franco acogió hasta hace muy poco tiempo el peor restaurante de España, según las calificaciones de la página de reputación TripAdvisor, en la que ahora destaca como número uno local A Noiesa, la casa de comidas en la que la familia Somoza vuelca todo un catálogo de excelencia en la gestión restauradora.

O 42 fue de los primeros en transformarse en un bar moderno con guiños al pasado. Como todos, tuvo que renunciar a parte de su encanto, pero mantuvo algunas señas que le permitieron en el 2003 convertirse en el elegido por la Casa Real para que Juan Carlos I y Sofía de Grecia salieran a campechanear una noche en la que dormían en el Hostal. Hasta entonces, los alcaldes se preocupaban de esquivar esta calle cuando venía a Santiago alguna personalidad relevante, porque lo más fácil era acabar enganchado con algún borrachín.