La fervenza de Castriz y sus molinos, más de cuarenta años después

El conjunto da para pasar una tarde o incluso una jornada en un lugar de sobresaliente


Corría el año de 1977 cuando un partido de izquierda radical se presentó en Santa Comba a celebrar un mitin. La tropa, escasa y joven, estaba convencida de que los labregos de muchos kilómetros a la redonda iban a acudir presurosos. Asistieron allí, al aire libre en un buen día de junio, exactamente siete personas. Intentando convencer a uno de aquellos de boina, chaqueta, mucha humildad y más retranca, empezaron a enumerarle reivindicaciones. «En Castriz non temos diso», respondía. «Non, en Castriz non temos». «¡Que va, home, diso non hai nada en Castriz!». El hombre acabó con la paciencia de sus interlocutores, que esperaban una adhesión fervorosa, y le preguntaron qué había, entonces, en Castriz. «Temos unha fervenza, señor». Y dio media vuelta y se fue tranquilamente.

Es más que probable que aquel labrego ya no esté. Lo que sí está es Castriz, comunicada ahora con Santa Comba por una carretera estupenda, y, desde luego, la hasta hace poco ignota fervenza continúa a lo suyo: a lanzar agua desde un alto del río Mira, con gran fuerza en estos días, mucho más apagada en el verano, cuando bañarse en la poza que forma o en la zona embalsada posterior se convierte en un juego de niños y mayores.

Pero en el estío el lugar se ve muy frecuentado. Y más porque la pista de acceso es muy ancha, todavía no ha sido asfaltada (¡menos mal!) y encima no hay un aparcamiento para los coches antes de ella. En fin, el viejo problema gallego de querer llegar conduciendo justo al sitio, olvidándose de lo sano que es caminar.

De manera que procede dejar atrás Santa Comba y en las últimas casas de la localidad girar a la derecha para circular por la carretera señalizada a Coristanco, A Coruña y la propia fervenza (esta última, indicada en otro color). Esperan algo más de media docena de kilómetros bonitos, un poco desolados, con abundancia de eucaliptos aunque no exagerada, pequeños bosques a un lado y a otro.

Al entrar en Castriz, en descenso, hay que ir atentos a un desvío también a la derecha, con la señal de la fervenza y de los molinos del río Mira. En ese punto se alza un cruceiro precioso que ha olvidado lo que es la verticalidad y que quizás requiera unos mimos para garantizar su permanencia.

De manera que todo recto hasta dar, de frente, con la pista de tierra. La recomendación es aparcar y andar, acercándose poco a poco a esa piedra de molino que parece dar la bienvenida. Ir así, gradualmente, convierte al excursionista en descubridor, viendo primero un tejado que tapa de las inclemencias una mesa y bancos, al lado de unas barbacoas. Allí mismo se alza el primer molino.

Hay varias posibilidades para descender al nivel del agua, y la peor es la primera, la de cemento, porque tiene gran pendiente y porque no es en absoluto la más bonita. Las otras, con la barandilla de madera, resultan mucho más gratas y cómodas.

El conjunto de molinos, paneles informativos, papeleras (en excelente estado y limpias) resulta espectacular, un entorno que impresiona. Los cinco molinos han sido restaurados y tienen nombre propio, abiertos y uno de ellos prácticamente completo.

El paseo se puede completar con una de estas posibilidades: cruzando el río y yendo a la cascada por la otra orilla o bien atreviéndose con la ruta de senderismo que empieza allí mismo. El conjunto da para pasar una tarde o incluso una jornada en un lugar de sobresaliente. Y sin covid.

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