Magaly Fraga: «Me sentí muy sola en España los primeros meses, fueron fuertes»

Migrante venezolana, dice que está «muy agradecida» a Cáritas por haberle conseguido un trabajo


santiago / la voz

Es hija de un santiagués, Antonio Fraga Framil, que emigró a Venzuela a mediados de los años cincuenta y jamás regresó. Magaly Fraga Ferrer (Caracas, 1960) dejó atrás marido e hijos y se vino a España hace un par de años en busca de una vida mejor. «Venezuela se venía abajo, ya había problemas para conseguir la comida. Además mi papá me dijo antes de morir que estuviese pendiente de la tía de España. Me daba miedo, pero mis hijos me decían que había que abandonar el país. Así que decidí venir con la intención de quedarme», según explica la venezolana, que tardó dieciséis meses en lograr la nacionalidad española. Su marido, Gustavo, pudo viajar antes de que le caducase el pasaporte y ya está con ella viviendo en Bertamiráns. «Echo en falta a mis hijos -añade-, pero España me recibió excelente. Mi tía Teresa y mi familia me acogieron muy bien. La gente en general y los funcionarios públicos me trataron bien. Yo no he sentido eso que dicen de fobia al emigrante. Me he integrado bien».

A Magaly no le fue fácil encontrar trabajo sin papeles, pero Cáritas se lo consiguió, por lo que está «muy agradecida al señor Miguel y la señora Gemma», tal como se apresura a decir. «Ustedes son muy de ayudar o contratar primero a españoles antes que a sudamericanos, y lo veo lógico. Pero, bueno, me consiguieron el trabajo de atender a una señora mayor y estoy contenta», advierte esta mujer que aceptó con valentía un tipo de trabajo muy diferente de su experiencia profesional como administrativa en el aeropuerto Simón Bolívar, al principio, y en la petrolera nacional PDVSA, durante muchos años. «Al emigrar ya sabía que sería así. Es difícil, pero tuve que adaptarme», matiza.

La nueva española dice que «para nada» está arrepentida: «Doy gracias a Dios por haber venido. He podido ayudar mucho a mi gente de Venezuela estando aquí. Envío, cuando puedo, medicinas, dinero, ropa y alimentos. Ya debía haberme quedado aquí cuando vine por primera vez. Ahora el país está bastante difícil, la gente se muere de hambre. Mis hijos están pasando aprietos y necesidad. Fernando, que es abogado, ya no trabaja desde la pandemia, porque cerró su bufete. Aquí no le reconocen el título». Entre penas y alegrías, Magaly es otra desde que llegó su marido: «Me siento muy acompañada, claro, y me ayuda con la atención a mi tía. Pero los primeros meses en España me sentí muy sola, fueron fuertes». De Galicia le gusta «todo», la independencia de la gente, la comida, las tiendas, la libertad para combinar un vestido con calzado deportivo… Antes de emigrar, vivía en Puerto La Cruz, a cinco horas de la capital caraqueña, donde tenía dos pisos de su propiedad y que ahora ocupan sus hijos, Omar y Fernando.

«Mi padre era mi dios. Conversábamos, teníamos una conexión única. Mis hermanos sentían celos de esta pasión entre padre e hija. Tras su fallecimiento en el 91 vine a España por primera vez. De mi papá lo recuerdo todo. Era un hombre íntegro y muy estricto. Hablaba mucho de las amistades que había dejado aquí», habla con el corazón en un puño la hija de un hombre que se casó con una venezolana y con la que tuvo nueve descendientes.

¿Por qué no regresó Antonio? «Yo no vuelvo jamás a España, hija, porque me he arruinado; no puedo volver así a mi país», le dijo en cierta ocasión su padre, que había emprendido varios negocios. Pero su memoria permanece intacta en Magaly, quien ahora rastrea sus raíces familiares. Una historia de ida y vuelta.

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