La Catedral improvisa comedores para sus trabajadores ante el cierre de la hostelería

«Es frustrante. Se olvidan de nosotros. Hay gente de fuera de Galicia», apuntan


santiago / la voz

«Cuando decidieron cerrar toda la hostelería no pensaron en nosotros. Es frustrante. No existimos», lamenta Eusebio Travieso, uno de los canteros que trabaja en la restauración del Palacio Arzobispal. Como sus compañeros, Eusebio era un fijo del plato del día en el bar A Charra, en el Franco. «Tenemos media hora para la comida, pero me daba tiempo. Era llegar y María nos atendía muy rápido. Ahora voy corriendo a buscar la comida y como en un sitio dentro de la Catedral», comenta. Eusebio asegura que la situación creada por el cierre de la hostelería no es cómoda, y que todos los que como él trabajan en la restauración de la Catedral y en las obras del Palacio Arzobispal «se buscan la vida». Los que no tienen sus casas cerca, que son la mayoría, utilizan los vestuarios o cualquier espacio para comer, pero lamentan que no se habiliten locales como «servicios mínimos» para los trabajadores. Cada mañana, a eso de las diez, se reúnen junto a la puerta de acceso al Museo de la Catedral, donde pueden protegerse de la lluvia, el viento y la lluvia mientras fuman un cigarrillo y toman un café. «Es que ni un café te puedes tomar en un sitio a cobijo».

Explica que, cuando el tiempo acompaña, «aún apetece comer en A Quintana», pero si llueve o hace más frío «hay que meterse dentro». Lo habitual es que coman en el vestuario: «No es cómodo, pero es lo que hay». «Leí que decían que nos podemos hacer la comida o que vayamos a casa. La gente no tiene ni idea. ¿Sabes que en la Catedral hay canteros de Valladolid, Zamora y de fuera de Santiago? Traigo algo caliente a las 7 de la mañana, y lo tomó frío a las dos. Una semana pasas con bocadillos, pero este trabajo es duro», indica. Eusebio insiste en que «todos los trabajadores merecemos unas condiciones dignas. En los comedores de las empresas pueden comer los que trabajan juntos, pero yo tengo que comer en el vestuario».

Su caso no es único. En días de buen tiempo, como ayer, las plazas de A Quintana y Fonseca, y los soportales de la Rúa do Vilar, se convierten en improvisados comedores para los trabajadores.

Los habituales de A Quintana

Óscar Muíño, Adrán Álvarez y David Santos, forman parte del equipo que se encarga de montar y desmontar los andamios de la Catedral, y es habitual verlos comer en A Quintana. «Recogemos la comida en Dona Juana y, aunque tenemos una zona habilitada, en días de solete salimos a la Quintana», explica Óscar. Lo que más echan en falta de comer en el restaurante es «ir al cuarto de baño y el café». Si optan por salir a la plaza es porque «hace falta estirar las piernas y desconectar». Los de este grupo son de A Coruña, así que la idea de traer la comida de casa o ir a comer a casa es para ellos «imposible». Todos coinciden en que deberían fijarse unos servicios mínimos en la hostelería, como se hizo durante el confinamiento para que los transportistas en ruta tuvieran un lugar para comer e ir al baño. Incluso se permitió que algunos hoteles, previamente autorizados, pudieran abrir para atender las necesidades de ese colectivo. Ahora, los trabajadores consultados también reclaman que se fijen unos mínimos para atender las necesidades de sectores específicos.

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