Los pagos con tarjeta y la ausencia de extranjeros minimizan las propinas

Para los camareros suponen un ingreso extra de hasta un 20 % del salario


santiago / la voz

El coronavirus se ha cobrado otra víctima inesperada, las propinas, diezmadas en la hostelería por la expansión del pago con tarjeta para evitar contactos, tal como recomienda la OMS. En realidad, lo que está demonizado es el dinero en metálico, esas monedas que hay que rebuscar para premiar un buen servicio. Con los clientes locales y los españoles no es mucho lo que se pierde. Agustín Ares, del Paradiso, tiene el café a 1,20 euros y ya se ha cobrado algunos con la TPV, y por la barra y las mesas quedan cada vez menos monedas, de uno o dos euros cuando el gasto final es más alto. «O peor agora é facer a caixa pola noite e comprobar que está chea de papeis e que non tes ti o metálico para pagar as cousas ao día seguinte, e ter que ir ao banco», lamenta este veterano del casco histórico compostelano que da la clave del mal momento para las propinas: «Faltan os estranxeiros».

Y tanto que faltan. La camarera de un bar de la Alameda se ha topado en la mesa un billete de cinco euros después de cobrar unas consumiciones por menos de diez. Americanos, normalmente, que asumen como obligación dejar entre un 15 y un 25 % de propina. Esto es, por una cerveza de tres dólares hay que poner uno más encima de la barra, o la habitual sonrisa se tornará en gesto de sorpresa o desprecio.

En términos absolutos se detecta mejor el problema, que va más allá de la anécdota. En otro pequeño local del casco histórico que apenas ha bajado su facturación este verano han necesitado todo el mes de agosto para juntar un bote que el año pasado reunían en menos de dos semanas. Hasta 300 euros a repartir, nada menos, ahora divididos a la mitad, lo que confirma los cálculos de algunos hosteleros cuando ofrecen trabajo, y es que el sobresueldo con las propinas puede rondar el 20 % del salario, con todos los dependes del mundo.

Si la tendencia se confirma la solución pasará inevitablemente por el plástico, pero no le hará gracia a los propietarios de los locales. La extendida práctica de pedirle al camarero que redondee la factura al marcar en el datáfono puede suponer un problema porque esa cantidad tiene la consideración de ingreso y, por tanto, forma parte de la base imponible del impuesto sobre sociedades o del impuesto sobre la renta si es autónomo, y solo es deducible si se considera sueldo. Y el empleado tendría que declararlo como rendimiento del trabajo.

La alternativa seria la propone Natalia Devesa, desde La Carrilana, y consiste en un sistema de pago por TPV que diferencie ambos conceptos y que ya se utiliza en otros países en los que han dejado literalmente de rascarse el bolsillo.

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