Benjamín Seoane: «Compostela es una maravilla a la que no le damos todo su valor»

Es un apasionado de la ciudad en la que nació, puerta con puerta con las Marías


santiago / la voz

Si se pudiera hacer un ránking de compostelanismo, no hay duda de que Benjamín Seoane Fernández (Santiago, 1944) estaría muy arriba en la clasificación. Imagine el lector el siguiente cuestionario: ¿Conoció a las Marías? ¿Jugó al fútbol en el Vista Alegre? ¿Desempeñó toda su actividad laboral en el caso histórico? ¿Estuvo en la Brigada Aerotransportable Isabel la Católica? ¿Asistió en directo a los ascensos del Compostela a Segunda División y a Primera? En su caso, la respuesta es sí a todo. Casi nada.

Conoce el latir de la ciudad en la que ha vivido siempre, la disfruta y habla de ella con pasión, con conocimiento y reconocimiento: «Es especial, una maravilla a la que no le damos todo su valor».

Benjamín Seoane nació en la calle Espíritu Santo, a la que sigue llamando «rúa de Abaixo», en el portal de al lado de las Marías: «De bebé me tuvieron en sus brazos, por lo que me cuentan, porque yo no lo recuerdo». Pero sí puede dar fe de por qué se les acabó llamando las Dos en Punto: «Eran tres hermanas. Una se fue a A Coruña. Las otras dos salían a pasear siempre a esa hora. Las veía por la Calderería».

Fútbol y fútbol sala

De crío empezaron a llamarle Jani y muchos todavía hoy lo conocen con ese nombre, el que le puso una tía suya. Era la época en la que jugaba al fútbol y en la que llegó a militar en el Vista Alegre, hasta que se rompió un brazo, poco después de cumplir los veinte años. Decidió dejar el fútbol once pero mataba el gusanillo con el fútbol sala, sobre todo en los torneos de verano. «Ganamos unos cuantos», precisa.

En la década de los sesenta le llegó el momento de hacer el servicio militar y no guarda mal recuerdo de aquella experiencia, en el cuartel en el que actualmente se asienta el Parlamento: «Me tocó la Brigada Aerotransportable Isabel la Católica, pero en las oficinas, con el teniente Caldas. Sus hijos eran muy buenos al baloncesto». Hizo una labor netamente administrativa y solo una vez se subió a un avión, «muy antiguo y que hacía mucho ruido». No tiene muy claro si pasó miedo, pero agradece «que aquel viaje no durase mucho».

Orientó su vida profesional al comercio. Empezó con 16 años en un establecimiento ubicado en Calderería y al poco tiempo lo llamaron de Almacenes El Pilar, donde trabajó durante casi treinta años.

Allí vivió la mejor época: «Teníamos clientes que venían desde las Rías Altas, las Rías Baixas, de Padrón, de Ordes, de Arzúa...». Eran días de vino y rosas. En ocasiones el dinero de la caja pasaba directamente a bolsas que llevaban empleados de seguridad al banco.

El emblemático establecimiento ubicado en el Preguntoiro acabó echando el cierre. Al volver la vista atrás, a Benjamín Seoane solo se le adivina un poso de dolor en la mirada y en la palabra al rememorar aquella etapa: «Se veía venir, con la llegada de El Corte Inglés y las grandes superficies comerciales, y la gestión de la tercera generación tampoco era la de las dos anteriores». Pero casi tan duro como el desenlace era el ambiente de trabajo, que se había enrarecido.

Prefiere hablar de fútbol y del Compos, aunque ahí también asoman contrastes. Los ascensos fueron «gloriosos» y algo «milagrosos». «Aquel 3-1 al Badajoz en Santa Isabel, y lo de Oviedo ante el Rayo... ¡Tenían en punta a Hugo Sánchez y Urzaiz!», relata. También estuvo en el descenso frente al Villarreal: «No se lo merecía. Pero es el fútbol. Teníamos reservado para cenar y tomar las copas después del partido y aquello fue un funeral».

A sus 76 años sigue profesando compostelanismo, muy centrado en el Belvís en el que reside, disfrutando de «los paseos y con los amigos».

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