«No hay guerra que no se pueda ganar»

Algunas de las personas que peor lo pasaron durante la pandemia del coronavirus cuentan cómo sus problemas se han ido solucionando, pero el futuro sigue generando incertidumbre

I. C.
SANTIAGO / LA VOZ

Muchas personas que no padecían ningún tipo de problema se vieron abocadas a una situación límite tras la llegada de un enemigo microscópico pero certero: el coronavirus. No solo trastocó la vida «normal», en algunos casos la normalidad de muchos ciudadanos se sumió en una espiral de incertidumbre que parecía no tener fin. Era un agujero negro. Sin embargo, estas personas fueron capaces de agarrarse a las paredes de este agujero, y con mucho esfuerzo y sacrificio, han logrado salir de él. Ahora, mucho más contentos y optimistas, han vuelto para contar cómo les van las cosas

Aura de Otero 

«Le decía a los míos que no lloraran, que todo iba a salir bien»

El tesón de Aura es envidiable. Tuvo que salir de Venezuela junto a su familia hace cuatro años, tras perderlo casi todo. Se vino junto a su marido, sus hijos y sus parejas y sus nietos. Además de tener que pasar por eso, la pandemia les afectó muy duramente. Apenas tenían para comer y solo ingresaban la pensión de su marido, José Antonio, de unos 400 euros. Tuvo que acudir a Cáritas -ella colaboraba con esta oenegé en Caracas- y afirma que «soy testigo de haber recibido una maravillosa atención por su parte». Habla en pasado porque las cosas, por fin, han ido a mejor: «Las cosas mejoran, es más, tengo mucha fe en que irán muchísimo mejor. Deben ir a mejor». Sus hijos también han empezado a trabajar. Aura admite que no es de lo suyo, pero que algo es algo. Es momento de pensar en el futuro, pero Aura prefiere no mojarse: «El futuro lo percibo difícil, pero siempre y cuando exista la esperanza, puede que no llegue a ser tan difícil como uno piensa». En Galicia está a gusto, describe que «la atención y las personas han sido maravillosas para mí». Ahora lo pasado es pasado, tras lo peor hay que mirar hacia delante: «Los primeros tiempos fueron muy difíciles. A los míos yo les decía que no lloraran, que todo va a salir bien. Ahora remamos poco a poco, pero seguimos a flote. Creo que no hay guerra que no se pueda ganar».

 María Lodeiro

«Aínda non cobrei o ERTE»

María Lodeiro trabaja en el servicio de limpieza de un hospital y pasó varios meses en un ERTE, hasta que comenzó a trabajar hace poco. Su pareja, camarero, también recuperó su empleo tras un ERTE que él si ha cobrado. Ahora, dice María, «estamos nunha situación de estabilidade. Sabes que traballas e que algo de diñeiro na casa vai entrar». María ha vuelto al trabajo tras superar el coronavirus y, echando la vista atrás, recuerda una época «mala e frustrante». Es evidente, estuvo aislada en su casa y no pudo ni abrazar a sus hijos. Después del golpe, todos estos sentimientos han desaparecido de su cuerpo, igual que la enfermedad: «Xa non teño ese sentimento de inquedanza, desapareceu cando a miña parella comezou a traballar». Además, fue capaz de conseguir el bono alimentario de 50 euros dado por el Concello para sus tres hijos.

J. M. Mourelle

«Sígolle temendo ao coronavirus»

Mourelle recuerda con intensidad el aislamiento domiciliario. La angustia y la soledad le causaron una gran incertidumbre. Ahora ya ha abierto su bar de Santa Comba, y cuenta que «estamos xa case na normalidade» en términos económicos. Aun así, el miedo al covid permanece, ya que «ninguén che asegura que non o vaias volver coller, sígolle temendo». A pesar de que su caso no fue especialmente grave, cuenta que «agora estou bastante canso sempre. Lin que pode ser unha das secuelas. Non din que sexa crónica, pero si que pode durar». Él, que ha superado el virus y que regenta una cafetería, pide «moderación» ante las noticias de rebrotes que se están produciendo: «Ao final xa non só pos en risco a túa vida, senón que pos en risco a dos demais». ¿Y qué pasará con el futuro? J. M. Mourelle tampoco se aventura con él, pero siente «moita incerteza sobre o que poida pasar». 

Óscar Vidal 

«O mes de xullo foi unha burbulla»

Óscar es copropietario del grupo hostelero del que forman parte el Hotel Scala y el Asador O Pazo, en Padrón. En la pandemia registraron miles de cancelaciones, pero han vuelto con todas las ganas. Además, en su momento querían abrir para atender a los transportistas y otros trabajadores esenciales, y lo consiguieron. Dan empleo a unas sesenta personas, pero solo algunas han sido recuperadas de los ERTE. Admite que «nada me gustaría máis que recuperalos, pero presinto que vai ser un inverno bastante duro porque estamos tirando co turismo nacional. Estamos facendo moito esforzo». Óscar describe el pasado mes de julio como «unha burbulla», porque superaron todas sus expectativas. Sin embargo, agosto ha empezado con mayor frialdad. Parece que el futuro también es incierto para él, pues una vez que remate el verano los turistas todavía serán menos, y eso es un gran problema. El mañana es algo que siempre genera incerteza, sorpresa o inquietud. Ahora, con estas circunstancias, esto se intensifica.

Alicia Lourido, directora de la Cocina Económica: «Creemos que hay que cobrar, por la propia dignidad de la persona»

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La hermana sor Alicia contrajo el coronavirus antes de que se decretase el confinamiento
La hermana sor Alicia contrajo el coronavirus antes de que se decretase el confinamiento

Durante el estado de alarma, la Cocina Económica de Santiago llegó a dar hasta 230 menús al día

Después de una vida dedicada al mundo de la marginación, sor Alicia Lourido no se asustó cuando le propusieron encargarse de la Cocina Económica de Santiago hace escasos dos años. Nacida en A Coruña y criada en Asturias, esta hermana de la Caridad contrajo el coronavirus antes del estado de alarma y ha estado al frente del comedor social de la rúa Travesa durante los meses más duros de la pandemia.

-Esta es su primera experiencia en un comedor. ¿Qué sintió cuando le plantearon la idea?

-Directamente nunca había estado en comedores, pero el mundo de la marginación no me era desconocido. Antes de la Cocina Económica estuve en un centro de discapacitados en Lugo y durante 24 años trabajé con el colectivo gitano en Gijón. Allí empezamos con una guardería y luego pasamos a trabajar con las madres. Había gente que decía que a los gitanos había que meterlos en camiones y echarlos fuera, junto a las monjas, que éramos las que los ayudábamos. Convencí a un grupo de voluntarios y comenzamos con unas clases de alfabetización. Luego pusimos en marcha unos talleres de promoción de la mujer. Les dábamos clases de cocina y de cultura, y a cambio de limpiar la parroquia recibían un vale para comprar alimentos. También les enseñamos a coser y gracias a ello podían vender lo que hacían para sacarse un dinero extra. Yo soy muy maniática con eso. No se puede decir «tú quédate ahí quietecito, que yo ya te doy de comer». A la gente hay que ayudarla a ser protagonista de su propia liberación. En Guinea Ecuatorial estuve sustituyendo a otras hermanas tres meses al año durante un tiempo y allí también enseñaba a coser. A mí me gusta mucho la labor de promoción. Tienen que ser ellos los que consigan y no yo la que les de.

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