Peregrinos y clientes de terrazas son los que más incumplen la norma de llevar mascarilla

La policía ya ha impuesto las primeras sanciones en Santiago

L. Gómez
Santiago de Compostela

El grado de cumplimiento de la obligación de llevar puesta la mascarilla en todos los espacios públicos, independientemente de si se puede cumplir o no con la distancia de seguridad, es muy alto en Santiago. Tan solo dos colectivos permanecen un poco ajenos a este grado de compromiso y se saltan con mayor frecuencia la norma: los peregrinos y los clientes de las terrazas. Tanto la Policía Nacional como la Local ya han impuesto las primeras sanciones, aunque por el momento son pocas, menos de una decena. «Hay más apercibimientos y recomendaciones que sanciones. Al ciudadano que no la lleva se le recuerda que debe hacerlo y lo normal es que se la ponga. Ahora bien, siempre hay el que aún por encima desobedece y tiene un comportamiento inadecuado con el agente y es en estos casos en los que siempre se multa», explica un mando.

Pese a todo, como volvió a recordar ayer el alcalde de Santiago, Xosé Sánchez Bugallo (PSdeG-PSOE), es imposible controlar a todo el mundo. El regidor apela una vez más a la responsabilidad personal, aunque desde la Policía Local se advierte que, al que incumpla, se le sancionará. «Ya no es tiempo de informar, porque ya todo el mundo sabe que la mascarilla es siempre obligatoria, es tiempo del cumplimiento estricto de la norma», explica un inspector del cuerpo de seguridad municipal, que cree que la nueva normativa de la Xunta «ha aclarado mucho el asunto» porque «ahora hay que llevarla puesta siempre», añade.

«Hay más apercibimientos y recomendaciones que sanciones»

Los peregrinos son de los que más se saltan la obligación de llevar puesta la mascarilla. Algunos creen que no deben hacerlo porque confunden su actividad con la práctica deportiva —y no lo es— y otros la llevan colgando del brazo o guardada en un bolsillo y solo se la ponen cuando entran en un núcleo urbano.

Ese efecto es perfectamente perceptible en la entrada del Camino Francés en Santiago. Prácticamente ningún peregrino lleva la mascarilla puesta cuando sale del Monte do Gozo o en la zona de San Marcos. Sin embargo, al entrar en San Lázaro son muchos más los que la llevan y en el Obradoiro es raro el que incumple la norma.

En el caso de las terrazas, hay mucha confusión sobre cómo debe actuarse incluso entre los propios agentes que patrullan por las calles. La mascarilla solo se puede quitar cuando se va a consumir. No cada vez que se va a tomar un sorbo o un bocado, sino desde que el camarero sirve la consumición hasta que el cliente termina. Al sentarse, pedir y a ir a pagar sí debe tenerse puesta. «Ante la duda, por el momento se está haciendo una labor más informativa que sancionadora, porque somos conscientes de que quizás es en las terrazas de los bares donde más complicado es hacer cumplir la norma», señala un agente local. Los que están más atentos son los dueños de los establecimientos «que están cumpliendo en su gran mayoría con las normas del coronavirus desde que se levantó el estado de alarma», añade.

«Nos las quitábamos al ir caminando, pero al entrar en los pueblos sí nos las poníamos»

La nueva normalidad ha devuelto a Compostela la estampa que más le caracteriza, la de los peregrinos entrando en la ciudad y culminando su viaje en la plaza del Obradoiro ante la que es la catedral más bella del mundo. Desde el pasado domingo, los caminantes están obligados a llevar puesta la mascarilla en todo momento, aunque la gran mayoría solo cumple con la norma cuando atraviesa un núcleo de población. «Al llegar a Santiago, todos los peregrinos nos hemos puesto la mascarilla», explica Ángel Naturana, de Pamplona, que inició la ruta en bici en León con su compañero Edu Sota. Aunque también se dan casos como los de Óscar Lacambra y su hijo, que completaron la ruta desde Zaragoza también en bici, que ni la usaron durante el trayecto «porque al hacer deporte te ahogas con ella», señalan, y que tampoco la llevaban puesta en el centro de la ciudad.

Los peregrinos reconocen que incumplen de forma mayoritaria porque entienden que no sirve de nada llevar la mascarilla puesta cuando van solos por zonas de monte y despobladas. «Nos quitábamos las mascarillas al ir caminando, pero al entrar en los pueblos enseguida nos las poníamos», admite Susi Giménez, de Alicante, a su llegada a la Catedral. Al entrar en albergues y bares, el cumplimiento es total. En parte, porque los dueños de los establecimientos se lo exigen sabedores de que son ellos los que se exponen a una multa en caso de inspección policial.

El súper de O Pedrouzo

Los que llevan tiempo bregando contra esta resistencia de los peregrinos a usar mascarilla son los empleados de un súper de O Pedrouzo (O Pino) que tienen que estar regañando a los caminantes a cada poco. «Les avisas y se hacen los locos y cuando les vuelves a avisar te preguntan que por qué tienen que entrar con mascarilla. Alguno hasta discute si es o no obligatorio y continuamente protestan porque dicen que les da calor», se queja un dependiente.

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