Bono sanitario


Hay temas sobre los que no procedía escribir hasta pasadas las elecciones, como verbigracia el bono turístico para los sanitarios. Desde luego, el momento en que la Xunta tomó la decisión de anunciarlo no fue el oportuno, aunque claro que ser profeta del pasado no requiere gran inteligencia. El bono levantó una polvareda con tufillo electoral, si bien lo cierto es que el sector turístico, con el clúster al frente, apretó a la Xunta para que hiciera algo que permitiera mover su arruinada economía.

La Xunta respondió con cierta rapidez -el calendario estaba ahí, el 1 de julio arrancaba la temporada y no se podía esperar a las elecciones- y decidió inyectar cinco millones. Que, lógico, en el peor de los escenarios generan otros tantos. No van a salvar al sector, pero le van a dar una pomada para que duela menos.

¿Cómo hacerlo? ¿Una transferencia a cada uno de los establecimientos de Galicia? ¿Invertirlos en una campaña de publicidad? Pues ya que los trabajadores de la sanidad fueron declarados héroes por aclamación popular -dejémoslo ahí-, la idea fue ofrecer los ya famosos bonos: un regalo-incentivo para que esos trabajadores invirtieran en el sector.

¿Reacción? La conocida. Y pasó lo de siempre: mientras muchos organismos lo rechazaron por ser «esmola» o electoralista, por atrás las llamadas de teléfono los aceptaban, que a nadie le desagrada un dulce.

Si la iniciativa la hubieran tenido Alemania o Suecia, aquí se aplaudiría hasta con las orejas y se les pondría como ejemplo de mimos a los sanitarios. Y así se va escribiendo la historia de este país más dedicado al cotilleo y a la queja que a arrimar el hombro ante la que se nos viene encima. Que va a ser moco de pavo.

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