Tina Besada: «Los aplausos no me sirven, eran por socializar, no de agradecimiento»

La enfermera del Hospital Clínico recientemente jubilada superó un cáncer hace veinte años tras pelear «como una loca»


santiago / la voz

Es hija de médico y está casada con un neurocirujano. Martina Besada Agra (Santiago, 1955) es enfermera y acaba de jubilarse tras una vida entregada al servicio público. «Estoy muy contenta, porque estaba muy cansada. Es un trabajo duro, aunque en las consultas es más suave. Pero las guardias son tantas horas, tantas noches, no cerrábamos un ojo, no había descanso. Nuestro esfuerzo personal es grande y raras veces la gente lo ve», explica Besada.

¿Entonces no le llegan o compensan a usted los aplausos a los sanitarios durante el confinamiento por la pandemia?, inquiere la entrevistadora. «Pues no -responde-, porque para mí no eran de agradecimiento, y así se lo dije a mis compañeras. Esos aplausos de los balcones eran por socializar o por miedo a lo que pudiese pasar. Fue por la circunstancia especial de estar encerrados, pero a mí no me sirven, sinceramente», según reconoce la enfermera, que también se queja de haber escuchado a los pacientes que la gente tiene derecho a todo: «Mire, usted está aquí porque yo le pago». Y en los últimos años, Tina ya no se callaba y les devolvía el órdago: «También usted cobra su pensión porque se la pago yo».

Tina Besada, que también dio clases prácticas como profesora asociada en la Escuela de Enfermería, pasó por varios servicios, entre ellos Medicina Interna, Medicina Preventiva, Traumatología y Neurocirugía, de los que se lleva el reconocimiento expreso de algunos especialistas, según confiesa. «A título personal tengo y conservo muchos agradecimientos, pero que naturalmente se quedan para mí. Y donde mejor me sentí fue en Medicina Interna», indica la profesional. «No me creo el reconocimiento colectivo, como ya dije, pero me duele mucho, porque el 90 % de la gente que trabaja en Sanidad es muy vocacional, como yo, que cuando empecé la carrera estaba plenamente convencida de que quería ser enfermera. De chavala ya ayudaba a mi padre con las vacunas, me enseñó a coser heridas y a retirar los puntos», añade.

Pero Tina tuvo que vérselas hace veinte años con un cáncer de mama, la «peor» experiencia de su vida. «Es un proceso muy duro para una y para todos los que te rodean. Fue muy jodido. Aún hoy recuerdo la bomba de cobalto en el antiguo hospital de Galeras, que te freía literalmente. Afortunadamente, hoy se hace de otra manera», rememora con los ojos vidriosos. «Fue un año y medio terrible, los niños no lo llevaban bien y de aquella experiencia no saqué nada en limpio. Yo peleaba como una loca. Recuerdo que el médico de la Seguridad Social, cuando llevaba casi dieciocho meses de baja, me dijo que con el pronóstico que tenía, lo mejor era que ya no volviese a trabajar. Y le respondí que no pensaba morirme, y que no me diese la baja definitiva, porque no la quería», advierte con rabia.

Con el recién estrenado retiro, a Tina le espera mayor dedicación aún a la familia y a sus amistades. «Mis nietos ahora me ocupan mucho tiempo, con mi hija [Ana] enredo bastante y también viajo mucho con mi marido. Además, por suerte, tengo muchas y muy buenas amigas, a mí no me falla ni una, y las tengo desde hace muchísimo tiempo», tal como destaca.

En su móvil, Tina Besada conserva un montón de imágenes y recuerdos de su vida, incluida alguna de cuando, siendo mocita, fue madrina de la tuna del colegio La Salle, entre otras lindezas compostelanas.

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