Embozados


Habrá cambios mayores y mucho más traumáticos. Seguro. Pero, de momento, la última imposición que nos trae la pandemia es la mascarilla. De un uso recomendado hemos desescalado hacia la obligación de llevarla hasta para sacar al perro. Y no cabe aquí mucho debate. Así debe ser. Porque no hay por ahora otra vacuna frente a la proliferación de comportamientos parvularios que pasan por alto lo endemoniado del problema. Lo vemos a diario. El caso es que parece que tendremos que acostumbrarnos a andar enmascarados por una temporada bastante más larga de lo previsto. Todo sea por tratar de espantar el bicho. Pero el uso cotidiano del nuevo complemento ya está teniendo consecuencias de calado social. Seguro que habrán reparado en ello. La más inmediata es la desaparición de las sonrisas en las calles. La imposición de la mascarilla nos trae un rictus de tristeza por decreto. Puede que ese confinamiento de la expresión ayude a construir una normalidad más aséptica, aunque definitivamente esta realidad también resultará más tediosa. Es como si a la vida le quitan el color para que la vivamos en blanco y negro. Algo de eso hay. Mientras medimos el cambio de fase en el porcentaje de aforo que podrá asumir el bar de abajo, la crisis añade aristas al drama de cientos de familias con empleos en negro. Solo en Santiago, con más de 12.000 personas pendientes de un ERTE, el Concello entrega bonos alimenticios en 629 hogares que nunca antes habían necesitado pedir ayuda a los Servizos Sociais. La mascarilla, además de su utilidad como una necesaria medida de prevención, funciona como metáfora de lo serias que están las cosas.

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