Sanitarios


Les aplaudimos todos los días a las ocho de la tarde desde que hace ya dos meses comenzó esta pesadilla llamada coronavirus. Yo en ese aplauso honro también a muchos otros. A los camioneros, a los repartidores, a los que mantienen los jardines que tanta vida nos dan, a los que siguen recogiendo la basura, a los que trabajan en los supermercados, a los panaderos o a los taxistas. A todos aquellos que hacen que el mundo siga girando aunque sea un poquito más lento. Y, por supuesto, a los policías, a los guardias civiles y a los voluntarios de Protección Civil, que merecen un capítulo aparte porque arriesgan sus vidas por vocación de servicio y sin ver un duro. Pero lo cierto es que todo aquel que trabaja hoy en día asume un riesgo hipotético, pero en el caso de los sanitarios ese riesgo es infinitamente mayor y cierto. Tanto, que son muchos los contagiados y demasiado los que han muerto. Miran cara a cara a la covid-19 y lo hacen en muchos casos sin contar con los medios de protección adecuados. Y les ha dado igual. Como tampoco les ha importado superar sus jornadas laborales o tener que vivir aislados de sus familias por el peligro de contagio al que les expondrían. Puedo imaginarme el horror por el que han pasado, por el que siguen pasando. Y pese a ello, todos los testimonios de enfermos destacan el cariño con el que los trataron, el empeño que pusieron en curarles, la infinita bondad de todo el personal de los hospitales. Los sanitarios merecen un aplauso, sí, pero uno que dure para siempre. Uno compuesto de más medios humanos y materiales y de un eterno reconocimiento. Porque solo hay algo tan grande como dar la vida, salvarla.

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