Isabel García: «Una persona enferma grave debe expresar sus emociones, dejarlas salir»

Psicóloga de la asociación de trasplantados de médula, apoyó a una familia confinada en el Clínico entre enero y marzo, y ahora en casa


SaNtIaGO / LA VOZ

Un paciente con un cáncer hematológico estuvo confinado en el Clínico desde principios de enero hasta los primeros días de marzo, para tratarse de su dolencia, y le acompañó una persona de su familia. Cuando le dieron el alta continuó confinada, en su domicilio, pues comenzaba el estado de alarma. Ese fue uno de los primeros casos que apoyó Isabel García en marzo, cuando comenzó a trabajar como psicóloga de la Asociación de Transplantados de Medula (Asotrame): «A ese paciente le avanzaron que estaría unos 15 días ingresado, pero después se complicó y permaneció más de dos meses. Quienes padecen tumores hematológicos suelen estar confinados en el hospital, a veces con estancias largas. No es lo mismo que estar confinado en casa, la experiencia es diferente. En casa tienes más confort y la compañía de tu gente. Pero siempre pueden aparecer los fantasmas que genera la amenaza de la dolencia. Cuando estar encerrado se extiende en el tiempo sí se nota», explica esta especialista.

Apoya a pacientes, familiares y voluntariado de Asotrame. La semana pasada participó como experta en un encuentro digital, en YouTube, en el que intervinieron más personas, además del propio colectivo: «Hablé del recorrido emocional en estas dolencias. El diagnóstico de una enfermedad oncohematológica tiene un impacto emocional muy fuerte. El paciente se encuentra en pleno tratamiento, incluso con quimioterapia, pero el proceso emocional es más lento. Inicialmente es normal que se cuestione muchas cosas, quedar como bloqueado; necesita un tiempo para procesar lo que va acompañado a la enfermedad. Las personas tenemos emociones porque necesitamos expresarnos; están ahí por mecanismos psicológicos de nuestra defensa, para alertarnos de algo, de un situación o un acontecimiento que nos pasa y al que tenemos que prestar una especial atención», sostiene Isabel.

El miedo, el temor al avance de la enfermedad, a las recaídas, a fallecer, las incertidumbres, son habituales: «Es una enfermedad que tiene muchos altibajos y ese mismo recorrido lo sigue la emoción. Por eso hay días en que se van a sentir mejor y otros realmente malos. Una persona enferma grave debe expresar sus emociones, dejarlas salir, compartir como se siente, tanto con los familiares como con el personal de planta cuando está ingresada. Porque si no el acompañante va a notar que algo no está bien y se desconcierta. Un cáncer es siempre un impacto para el paciente y también para el entorno que lo rodea y que lo va a acompañar en el proceso del tratamiento», dice.

En estos meses en Santiago, y antes en A Coruña, donde también trabaja con Asotrame, Isabel encontró pacientes «que me decían: ahora ya soy frágil, vulnerable, no soy la persona de antes. Les respondo que la enfermedad no nos identifica como personas y trato de ayudarles a recuperar su identidad de antes. Que asuman que es un proceso emocional. Aunque también vi personas que sienten una fase de lo que llamamos crecimiento emocional postraumático; es decir, que se han dado cuenta de que hay otras fortalezas, empiezan a valorar otras cosas, detalles más pequeños, y reconocen un cierto positivismo dentro del malestar de la enfermedad».

Isabel realizó un posgrado para formarse como arteterapeuta en Londres: «se trata de favorecer la expresión de las emociones a través de materiales artísticos. Allí es una profesión regularizada, integra equipos multidisciplinares en hospitales, educación y ámbito social, y en los últimos 14 años adquirí experiencia en los tres campos. Aquí, la Federación Española de Arteterapia gestiona la regularización».

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