La segunda ola


Una olla a presión. Eso es lo que me viene a la cabeza cuando estos días veo las fotos que hacen mis compañeros -Xoán, Sandra y Paco, gracias por vuestro trabajo y sacrificio- sobre los primeros paseos que nos han permitido dar tras dos meses confinados en casa. Nunca había visto tanto deportista, ni tanto paseante, la verdad. Lo comprendo, entiendo esa ansiedad por salir. Por tener el calor en la cara y el viento en los labios. Por respirar aire puro. Por dar más pasos de los que te permite el pasillo de tu piso. Pero, ojo, los que confunden tregua con armisticio están cometiendo un gravísimo error. No entiendo tanta prisa por salir. Por querer hacer vida normal. Ya nada es normal ahí fuera. No hay bares, no hay tiendas, no hay restaurantes. Poco a poco irán abriendo, pero tan poco a poco que no pasa nada por no ser de los primeros en llegar a esa terraza con dos mesas o a esa tienda que exige cita previa. El coronavirus no nos ha robado dos meses, ni casi 27.000 vidas. Nos ha robado el mundo tal y cómo lo conocíamos. Y por querer correr hacia ese pasado que ya no existe quizás nos estemos jugando el futuro. Estos días también escucho a algunos, a los prudentes, hablar de la posible segunda ola de la pandemia. De que será peor, de que nos cogerá confiados y social y económicamente más debilitados. Yo ya no sé. Hace mucho que no veo a mi hija mayor y cuando miro a la pequeña me pregunto en qué mundo tendrá que vivir. Este de mascarillas, guantes y distancia social a mí no me gusta. No hay que bajar los brazos, ni dejar de pelear ni venirse arriba y olvidar el peligro. La lucha continúa, y va a ser larga.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Santiago

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Comentarios

La segunda ola