Reconocimiento facial y covid


Seguramentre se hayan visto ya en esta situación. Se encuentran con un conocido en el súper o en la farmacia. Lo saludan desde lejos y en ese momento el otro le mira con el ceño fruncido, intentando adivinar quién está tras la mascarilla. Este tapacaras se ha convertido, de la noche a la mañana, en un complemento más para muchos en su día a día y en una herramienta clave para frenar el avance de un enemigo invisible como es el covid-19. Poco acostumbrados a eso de llevar mascarillas en nuestra cultura occidental, paso a paso vamos descubriendo también los pequeños contratiempos que suscitan.

Puede parecer, de entrada, una tontería que no sean capaz de identificarlo; pero ya no lo parece tanto si se habla de reconocimiento facial en términos de seguridad. La lógica impera en este caso y prima esto de salvar vidas por encima del hiperproteccionismo, el mismo que hay en la gran polémica en torno a la libertad de religión y el uso de burkas, velos y turbantes que cubren la cara y no permiten adivinar quién está detrás de ellos. Y, con las nuevas tecnologías, surge un nuevo problema. Ni mascarillas ni guantes permiten en reconocimiento biométrico que usan gran parte de los dispositivos inteligentes que hoy llevamos en el bolsillo. Es curioso que reconozcan los rostros con unas gafas de sol pero no con un cubrebocas y por todos es sabido que el mayor enemigo de las huellas dactilares son los guantes. La solución parece fácil: dejar aparcado el móvil el tiempo que sea preciso. La pregunta es si estamos preparados. Avanzo que, por lo que he visto por la calle, la ansiedad tecnológica gana la partida hasta al temor por contagiarse.

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