El final de todo esto


Hace tiempo que se especula sobre cómo será el final de todo esto. Parece que lento y gradual, tal y como recomiendan los expertos. Pero yo aún me imagino la salida a la calle como esos minutos antes de la última clase del recreo, cuando tocaba el timbre, y todos corríamos y gritábamos hasta la puerta del patio para formar una melé. Luego llegaba el bedel, cabreado con aquel embudo, y empezaba a repartir coscorrones. Llevamos demasiado tiempo encerrados e imagino cómo será el día que se abran las compuertas de la presa. En mis pesadillas, veo incontrolables chorros de gente, de una fuerza descomunal, inundando parques y calles, e incluso metiéndose por debajo de las puertas de los comercios, bares y restaurantes. Imagino a los desconsolados propietarios, barriendo a las personas con la escoba, achicando a la gente en cubos, con el suelo convertido en un lodazal, como cuando llegan esas despiadadas tormentas con las que el Mediterráneo despide sus veranos. Sería la gota fría perfecta, el aire recalentado de las casas chocando con el frío de la calle. Pienso en todo esto mientras veo en la tele a los grandes osos de Alaska después de su hibernación, que se desperezan parsimoniosos al llegar la primavera, y van saliendo poco a poco de sus escondites con destino a los ríos, donde aguardan, hambrientos, el regreso de los salmones. Así que tal vez, para salir mejor de esto, no debiéramos ver tanto telediario, ni leer el BOE, ni escuchar todas las comparecencias. Bastaría con aprovechar las horas de confinamiento para ponernos un documental de National Geographic. Y por esta vez, comportarnos como animales.

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