El último superviviente


Tal vez haya alguien atrapado en un bar desde el día que empezó el confinamiento y no lo sepamos. Pudo verse sorprendido en la tormenta de una borrachera, y despertar en el váter, a oscuras, completamente desorientado, como esos náufragos que abren los ojos al amanecer en un lugar paradisíaco. Y eso son ahora los bares para muchos de nosotros, un paraíso lejano y añorado, y al que desearíamos volver mientras posamos la frente en el cristal de la ventana. Imagino a ese hombre atrapado en el infierno al que nos gustaría regresar, sin batería en el móvil, sin la llave del candado de la verja y sin dar con el cuadro de mandos de la luz.

Tal vez haya encontrado alimento en la nevera, cerveza fría, bolsas de patatas fritas o incluso haya aprendido a hacer fuego para calentarse por las noches. Quizá sea todo un montaje bien calculado, y el hombre haya planeado su aislamiento en el bar, consciente de lo que se veía venir. Pondría música, vería la televisión y estaría informado de todo, y con provisiones suficientes en la despensa, sin que el dueño supiese que esta ahí, acabando con todo como un roedor.

Bebería vermú a la hora del aperitivo, vino para la comida y licores y café para la sobremesa, y quizá estaría ahora urdiendo el plan perfecto para cuando fuese descubierto. Lo imagino en el baño del bar ensayando los gestos y las muecas de un hombre aturdido, al que le molesta la luz, y moviendo los labios de las que serían sus primeras palabras, preguntándose qué ha ocurrido, por qué está ahí, y prometiéndole a su familia que, después de una desgracia así, no saldrá de casa en seis meses.

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