Carla González del Río: «Salgo rendida de la residencia cada día pero el voluntariado es como un chute»

Está en primera fila en la lucha contra el coronavirus y en su tiempo libre sigue ayudando


Santiago / la voz

Carla González del Río es auxiliar de enfermería, igual que su madre, Mercedes. Ambas están estos días en primerísima fila en la lucha contra el coronavirus. La primera en una residencia y, la segunda, en un hospital. A pesar de enfrentarse cada día a la cara más cruda de esta realidad, las dos sacan fuerzas y tiempo para ayudar a otros. Lo hacen dentro de sus posibilidades, desde el anonimato, sin esperar nada a cambio y, aún siendo un ejemplo para muchos, les da pudor esto de salir en el periódico.

El lunes Carla llegó a las once de la mañana a la base que Protección Civil de Santiago tiene en San Lázaro y a partir de las tres tenía un nuevo turno en el centro para mayores en el que trabaja. Es voluntaria desde hace unos seis meses «y con pena de no haber empezado antes», subraya. Lejos de darse de baja en la agrupación dadas las circunstancias, sigue al pie del cañón e irradia energía positiva por los cuatros costados. «Lo haces porque gratifica. Te exige tiempo y son tareas que no suelen ser reconocidas, pero al final del día nunca te arrepientes. Yo tengo una hija y le gusta que le cuente lo que hemos hecho cuando llego a casa. Todos podemos aportar algo. No hace falta ser médico para ayudar. La cuestión es querer hacer algo más, seas auxiliar o carpintero».

Esta compostelana de 36 años afincada en Bertamiráns reconoce que su trabajo puede llegar a resultar agotador, especialmente en este momento: «Salgo rendida de la residencia cada día, pero el voluntariado es como un chute de adrenalina, de buena energía». Lo dice con voz entusiasta mientras prepara las pancartas dedicadas a las personas que estos días cumplen años confinadas. Se trata de una nueva iniciativa puesta en marcha por Protección Civil, con la que busca arrancar sonrisas en tiempos de crisis.

El lunes les tocó hacer manualidades a los voluntarios, que en las últimas semanas han vivido jornadas extenuantes. Ellos se han encargado, entre otras tareas, de repartir en colaboración con el Banco de Alimentos y del departamento Servizos Sociais comida entre las familias más vulnerables de la ciudad. «Yo no estuve todo el día, porque tenía que ir a trabajar, pero hubo compañeros que se pasaron mañana y tarde a destajo. Algún día se les hizo de noche repartiendo. Lo haces porque gratifica mucho. De hecho, yo me siento mal si no puedo venir a un operativo porque me toca trabajar», confiesa Carla.

Cuenta la vecina de Ames que lo de pensar en los demás lo mamó desde pequeña en casa. «Toda mi familia es muy altruista. A veces, somos tontos de tan buenos», comenta entre risas. Muestra de ese afán por ayudar lo daba su madre, quien viendo el esfuerzo que los voluntarios estaban haciendo para el reparto de alimentos preparó tres tortillas y una tarta de queso para que pudieran reponer fuerzas. Ella forma parte de esa cadena de personas dispuestas a arrimar el codo para facilitar un poco la vida a aquellos que están al pie del cañón. «Sabía por Carla que levaban moitas horas e estaba sendo unha xornada dura. Fíxeno nun caso puntual, pero encantada de volver a facelo se fora preciso. É unha maneira de sentirme tamén un pouco realizada e de aportar dende a casa», señala Mercedes.

Son estos pequeños gestos, como el de Mercedes; como el de una costurera de la Rúa Nova de Abaixo, quien está haciendo mascarillas para los voluntarios de Protección Civil; o el de una heladería de San Pedro que les ha donado el dulce que se iba a estropear; la cara más solidaria en esta batalla local contra el COVID-19.

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