No éramos tan individualistas


El encierro obligatorio al que estamos siendo sometidos, por nuestro bien y por el de toda la comunidad, tiene la finalidad de evitar que el sistema sanitario salte por los aires y complique aún más salvarle la vida al mayor número posible de personas. Y también es una oportunidad perfecta para poner a prueba nuestra capacidad de auxiliar a las demás personas sin obtener un beneficio económico. Ayudar solo por la satisfacción personal. Pensar en los demás antes de hacerlo en nosotros mismos es un ejercicio que teníamos olvidado, y que el coronavirus ha venido a recordarnos. Esta forma de actuar debería ser lo habitual y, sin embargo, es la excepción. Estos días de confinamiento, en el que muchas personas permanecen solas durante horas y horas, hemos descubierto lo importante de un abrazo, de una palabra de ánimo y, sobre todo, asistimos a una realidad que teníamos olvidada. No somos tan individualistas como nos creíamos. Tranquilos, es bueno necesitar a los demás. Saber que en momentos de angustia hay alguien al otro lado del teléfono, reconforta. Saber que mi madre, mayor y sola, cuenta con la solidaridad de sus vecinos y de su tendero de toda la vida para llevarle la compra hasta la puerta de su casa, reconforta. Saber que hasta el joven más independiente está dispuesto a dedicar su tiempo para llamar a la abuela y escuchar sus miedos, reconforta. Cuando todo pase, porque pasará, espero que no se rompa la inmensa red de solidaridad tejida entre nosotros. Confiemos en que pase pronto esta pesadilla, y en que, cuando lo superemos, no olvidemos que salimos juntos de ella.

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