Vuelve la costurera de toda la vida

Sus clientes ahora prefieren personalizar, reciclar y alargar la vida de las prendas


santiago / la voz

Son tiempos de crisis en los que la sociedad empieza a revisar cuestiones que vinieron impuestas por la vorágine de la tecnología, el consumismo y la globalización. Es una de las razones del auge del ecologismo, una filosofía de vida que va mucho allá de las grandes cifras de la contaminación y que invita a los consumidores a replantearse pautas individuales que lo mismo afectan a la forma de relacionarse con la naturaleza como a la manera de comprar. El textil no es ajeno a esa revolución, y por eso muchos consumidores, cansados ya de la prenda de usar y tirar, vuelven los ojos a otra forma de vestir habitual en los tiempos de nuestros abuelos. Reciclar las prendas, personalizarlas y alargarles la vida está íntimamente relacionado con el mundo de la costurera de toda la vida, que regresa con fuerza. Una veintena de talleres de costura proliferan por Santiago y por su comarca, y las modistas y diseñadoras que los pilotan aseguran que sí, que sea por concienciación ecológica, por agotamiento del prêt à porter o por la búsqueda de la prenda original hecha a medida, se han hecho un hueco en el mercado que no deja de crecer.

Rosa Senra, de la tienda Coralia, en Rúa das Orfas, admite que ella se beneficia de la buena ubicación de su negocio y del reclamo de las Marías. Pero cree que hay otras muchas razones por las que sus clientas han apostado por una filosofía de vida que ella define así: «Recuperar prendas, ropa a medida, tiempos más largos, nada de inmediatez, diseños personalizados y autenticidad». Y le funciona. «La gente escapa de la uniformidad del mercado y de los plásticos», asegura.

En la avenida de Vilagarcía está Puntada a puntada, donde el corte y confección corre a cuenta de las manos de María, una paraguaya que en su país trabajó décadas para una fábrica de ropa y que ahora está encantada de darles una nueva vida a las prendas de sus clientas. «A mí me encanta trabajar con los tejidos de antes, transformarlos, actualizarlos y personalizarlos». Otra costurera latinoamericana, Carmiña, que tenía una empresa de prendas deportivas en Perú y ahora gestiona La costura y yo, asegura que lo suyo nació como una afición, porque le gusta vivir entre hilos y agujas. «Creé una página web para pasar el tiempo, porque me gusta, y no tardó en aparecer gente que me pedía que le hiciese las prendas. Yo tengo otro trabajo, pero me encanta dedicarme a esto en los ratos libres. Y claro que está en auge, se lleva mucho ahora lo de renovar lo que hay en el armario».

El taller de Chus lleva abierto siete años en Xeneral Pardiñas, y su modista asegura que entre sus clientas más jóvenes se lleva mucho lo de darle una nueva vida a la ropa antigua. «Las chicas van al baúl y recuperan las prendas de la abuela. Ahora se llevan las mangas con globos, como antes, así que buscan esas camisas antiguas y las actualizan». Chus tenía una tienda de ropa que cerró con la crisis; luego trabajó para una cadena de trajes de novia, pero un día «me decidí a abrir mi propio taller; empecé con arreglos y poco a poco me fueron pidiendo prendas nuevas».

Mariana Assessment, en Bertamiráns, está especializada en trajes de ceremonia. A las hermanas María y Ana Verde les apasiona su trabajo, y el público responde. «Hay mucha oferta en el mercado, pero es todo lo mismo, y la gente está cayendo del guindo». La diseñadora recuerda que fue en los años 70 cuando modistos de alta costura apostaron por el prêt à porter para hacer negocio. «Le sacaron rendimiento a su marca, pero a costa de la calidad». Y esa calidad se la dan ellas. Ese es su secreto.

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