Realidades


Todos deberíamos coger más el autobús. El bus urbano, como le llama mi hija Helena. Es una buena manera de contaminar menos y de que el centro de la ciudad se alivie de tráfico. Ayudaría que el servicio fuese mejor, con rutas más claras, paradas mejor señalizadas, más frecuencias para reducir odiosas esperas y bonos más eficientes. Por no hablar de autobuses más modernos. Pero aún así, coger el bus debería ser obligatorio, al menos una vez al mes, para darse un baño de realidades. Y los periodistas necesitamos de tanto en tanto sumergirnos en esas aguas de cristalina verdad para no acabar viviendo en una torre de marfil con políticos, empresarios, gerifaltes y gente guay como únicos vecinos. Ayer dejé el coche en el taller y tuve que usar el bus. La línea 1, concretamente. Allí sentado aprendí que al personal le preocupan, y mucho, la proliferación de palomas en Santiago. «Que me digan a min a quen benefician as condenadas palomas», dijo una airada y acastrapada señora a la que también le quita el sueño que haya pueblos abandonados porque los jóvenes no quieren saber nada del campo. «A eses todo o que non sexa o móbil, os videoxogos e tal dálles igual, mentres vivan os avós, aínda irán a aldea, mais logo nada», reflexionó, a su modo, sobre eso que los modernos llaman la España vaciada. Y cuando su interlocutora se bajó siguió lamentándose en alto, invitando a unirse a la charla. Yo la tenía justo al lado y admito que me tentó la idea, pero justo en el instante en el que tenía el pecho hinchado de argumentos y preguntas me percaté de que tenía que bajarme. Una pena, porque yo también odio a esas dichosas ratas con alas.

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