Manolo Seoane: «Llevé la cantina y aún tengo pesadillas con el partido de ascenso del Compos»

El empresario y vecino de Mallou estuvo 10 años tras la barra del estadio de San Lázaro


Santiago / La Voz

Muchos hosteleros de la ciudad tienen la Praza de Abastos como uno de sus rincones favoritos. Pero lo de Manolo Seoane no es solo fachada. Su vínculo con el mercado viene de la niñez. «Estudié en el Colegio España, en la plaza de San Miguel, y en el 61 pasé a lo que es ahora la facultad de Filosofía, antes el Xelmírez», cuenta, y recuerda que en los descansos o cuando «lataba» había un señor que tocaba el organillo pegado a la iglesia de San Fiz de Solovio «y empecé a cogerle el gusto a ir». También solía acompañar a su madre cuando repartía la leche entre las casas, «y luego iba a la Praza, donde vendía habas, maíz, patatas o lo que hubiera». Hoy sigue acudiendo al mismo mercado en busca de la materia prima con la que elaboran los menús del día en el restaurante O Faladoiro, que abrió hace 22 años junto a su mujer, la jefa de cocina. «Y también vengo los sábados, aunque no tenga que comprar para el negocio», añade.

El segundo de cuatro hermanos, criados en el seno de una familia humilde de labradores de Mallou de Arriba, reconoce que era un estudiante «bastante regular» al que se le daban mejor las letras y el fútbol. En su casa, asegura, no gustó nada su idea de dedicarse a este deporte en vez de ser médico, abogado o cura. Esto lo llevó a un «exilio forzoso de seis meses en Canarias. Fui con los ojos cerrados. De hecho, al embarcar en Vigo pensaba que íbamos para Palma de Mallorca. Allí hice de todo menos jugar a fútbol y pasé de pesar 70 kilos a 105. Cuando volví, con barba y una melena que me llegaba a los hombros, no me conocían», relata.

Su trayectoria como hostelero empieza en el Hostal dos Reis Católicos, la escuela donde se formaban los profesionales antes de que existieran las de Lamas de Abade o A Barcia. Allí comenzó como aprendiz, como parte del curso, y se dio de alta en 1970, indica sin titubear en las fechas. Manolo tiene una memoria de elefante a la que saca el máximo partido cuando habla del pasado o para recordar cada entrante, plato y postre que pidieron ocho comensales de una mesa, sin tener que tomar nota (y rara vez se confunde). «Tengo clientes que vienen anualmente y sé lo que toman», indica.

Trabajó en el restaurante Pardo, frente a la feria de Salgueiriños, y luego en Las Cancelas. A los 22 años empezó por su cuenta, gracias a las facilidades que un tío suyo le dio. En O Faladoiro, en su Mallou natal, ha cumplido los 50 años cotizando a la Seguridad Social. «Siempre fui muy activo», dice, hasta al cantar el menú a la velocidad del mejor pujador de lonja (seña de identidad de la casa).

Jugó en el San Miguel y el Amio, además de en clubes de Vilagarcía y Boiro. Pero lo dejó con 25 años, cuando se casó. Sigue siendo futbolero y del Compos. De hecho, mantiene una amistad cercana con el expresidente José María Caneda, con el que quedaba ya de joven para entrenar y al que en alguna ocasión de urgencia pudieron localizar llamando directamente al teléfono de O Faladoiro.

Además, Manolo gestionó durante diez años la cantina del estadio de San Lázaro, hoy el Vero Boquete: «Aquello era mucho y eso que tenía 55 personas trabajando allí. Aún tengo pesadillas con el partido de ascenso contra el Rayo. Me despierto pensando en si había hecho bien el pedido».

Evoca cuando de niño iba con su padre -un carretero de bueyes que repartía la piedra con la que se construían las pistas- a los partidos del Santiago en Santa Isabel: «No había dinero y nos subíamos a los árboles para verlos jugar». De pequeño quería ser paracaidista y pasó la mili en un aeródromo, pero ahí acabó este vuelo. Manolo conoció Mallou en el que «para ir al baño teníamos que estercolar la calle» y el tojo servía en los bailes para no manchar los zapatos. Solo había cuatro o cinco casas. «Éramos como una familia. Ahora, salvo la casa de mis padres y dos más al fondo de la aldea, el resto es todo nuevo».

«El cambio que hubo en Santiago a partir del año 70 fue brutal»

Este compostelano de 66 años (en octubre hace los 67) se crio en un Santiago completamente distinto: «Recuerdo llevarle comida a la gente para los animales, hasta en A Quintana, porque tenían las cuadras debajo de donde se vivía». «El cambio que hubo en Santiago a partir del año 70 fue brutal. Fue cuando se tiraron las casas de Vista Alegre y San Caetano. Ya en el 74 se comenzaron a hacer las de Guadalupe y, en el 76, el Burgo de las Naciones. «Te podría dibujar al detalle cómo estaba antiguamente todo», dice Manolo Seoane.

Él también fue testigo directo del «cambio continuo» del mercado de abastos santiagués. «En aquella época estaban distinguidos los puntos de venta en función de la comarca de la que venían. Estaban los de la parte de la montaña (Sigüeiro, A Sionlla...) y los de la parte de A Maía o Santa Lucía; y los productos eran totalmente distintos. Ahora, ya casi no hay aquellas manzanas, castañas y nueces típicas de la montaña y los grelos vienen casi todos de Santa Lucía... los de la otra zona no son tan dulzones, porque la tierra es lo que le da el gusto a la berza», dice este hijo de agricultores. Acepta que ahora hay más variedad en la Praza de Abastos, pero extraña las calidades de antes.

Esposo de cocinera, su plato favorito son los huevos fritos con patatas y chorizo. A la clientela ofrece comidas más ligeras, mucho producto de temporada y tres clases de ensalada cada día. Manolo habla del cambio de alimentación y cuenta una anécdota: «Tuve un cliente al que en 1975 le regalaron medio cesto de percebes, unos tres kilos. Me dijo que ese día no iba a venir a comer. Apareció a las tres. Se los había dejado a una parienta para que se los preparase y ella, que no conocía los percebes (como tanta otra gente de Santiago), los había plantado en tierra como si fueran patatas».

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