santiago / la voz

Cuando la luz del día despuntaba en Compostela, cientos de jóvenes y no tan jóvenes seguían dispuestos a prolongar indefinidamente la fiesta. A las nueve de la mañana, aún numerosos grupos de chavales deambulaban de un lado para otro sin rumbo fijo aparente, y otros echaban la primera cabezada del 2020 en las escalares de la praza Roxa, en los bancos de la praza de Galicia, y en los soportales del Museo das Peregrinacións, en Praterías. Los que tenían la intención de regresar a casa aguardaban su turno en las paradas de taxi con mucha paciencia y las últimas cervezas en la mano. Los profesionales del volante no tuvieron descanso para poder atender a todos los grupos de compostelanos que eligieron la opción de transporte público para regresar a casa tras una noche de exceso alcohólico. La demanda de vehículos no se normalizó hasta que comenzó a funcionar el autobús urbano y los chavales se fueron para las paradas de autobuses.

Sin botellón

Las cientos de personas que recibieron al 2020 fuera de casa optaron por las fiestas organizadas en los locales de hostelería nocturna, y no se produjeron concentraciones de jóvenes en el Campus ni otros puntos de la ciudad, como venía siendo habitual en años anteriores. Las bajas temperaturas, menos de dos grados en las primeras horas del nuevo día, también contribuyeron a la elección de lugares cerrados frente a la calle. El entorno de la Praza de Abastos, A Quintana, Preguntoiro y Caldeirería eran un ir y venir de gente hasta las ocho de la mañana, al tiempo que los servicios de limpieza se empleaban a fondo para dejar las calles libres de restos.

En el Ensanche, el responsable del párking del Araguaney, en la rúa Alfredo Brañas, comentó que la noche fue tranquila. «Mucho menos que un día normal del curso», dijo, y así era a juzgar por los escasos restos tanto en esta como en otras calles de la ciudad. Salvo un par de vomitonas, Alfredo Brañas se libró del botellón que es habitual cada semana. En la rúa Poza de Bar, cuando la Sala Matatesta ya había cerrado, varios grupos de chavales se quedaron apurando sus copas en la carballeira de San Lourenzo y en el entorno de la piscina universitaria. La fiesta se prolongó hasta pasadas las nueve de la mañana en Gómez Ulla y en República Arxentina, y más concretamente, ante la puerta de las dos discotecas. Ya de día, había anunciada una fiesta en un nave abandonada del entorno de Vite, donde la intención era permanecer durante toda la jornada.

A partir de las cinco de la mañana y hasta mediodía, en las cafeterías se sirvieron cientos de litros de chocolate acompañados de kilos de churros recién hechos. En los cafés era fácil saber quién iniciaba su jornada laboral y quiénes estaban a punto de poner el broche de oro a una larga noche de fiesta. Las lentejuelas de los vestidos de ellas y las corbatas de los trajes de ellos delataban a los del segundo grupo.

La sorpresa, aunque anunciada con carteles en sus cristales, fue la no apertura del café Galicia en la rúa San Pedro de Mezonzo, uno de los locales más concurridos de las madrugadas del primer día de los años de varias décadas. En este local, numerosas generaciones acudían más para comer que para tomar el chocolate con churros, y sus camareros sirvieron durante años raciones de callos, pollo asado y bocadillos calientes, entre otros manjares a sus clientes. Este año, su cierre puntual cogió de sorpresa a más de un grupo de despistados.

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