Roberto Leal: «Llevo casi treinta años en Santiago y creo que es mi lugar en el mundo»

Inició en el teatro a la exdirectora del CDG, Fefa Noia, y al actor Javier Gutiérrez


santiago / la voz

Nombre. Roberto Leal (Buenos Aires, 1956).

Profesión. Actor, director y profesor de teatro.

Rincón elegido. El bar Suso, en la Rúa do Vilar, «por el trato de toda la vida, porque es un lugar entrañable».

El teatro lo redimió de «una adolescencia de mierda». No solo eso; el teatro es su vida. Él va más allá: «El teatro es la vida. Es tan mortal como la vida, es el ahora», reflexiona con 62 años este niño grande que encontró, hace ya casi tres décadas, su escenario en el mundo: Compostela.

La precuela de la historia de Roberto Leal Jiménez se rodó mucho antes de que él llegase al mundo en el año 1956 en Buenos Aires. Empezó con un éxodo; el de Juan, su padre, un ferrolano perseguido en la Guerra Civil que huyó en barco a Francia, donde conoció a Dolores, su madre andaluza. Tras nacer su hermano mayor, la familia emigró a Argentina, y allí creció Roberto construyendo escenografías con el Lego y estrenándose en la escena con 15 años. Estudió artes escénicas y compatibilizó sus pinitos con trabajos en una imprenta o en una tienda de regalos. Y así hasta 1984. «Ese año vino un primo mío de Suiza a pasar la Navidad, y me dijo que si quería hacer teatro, él me pagaba el billete a Europa. No me lo pensé nada, los argentinos morimos por Europa, hay algo en nuestro ADN».

Aterrizó en Ferrol, donde seguía su familia paterna, pero solo como trampolín para probar fortuna en Madrid. Estuvo allí dos años y trabajó con una compañía de zarzuela, pero no le fue bien. Regresó y empezó a dar clases de teatro a los alumnos del instituto Concepción Arenal de Ferrol. Entre ellos, a un tal Javier Gutiérrez, cuya exitosa carrera de actor partió de la casilla de salida del aula de Roberto Leal.

Dos años después, junto con unos amigos, se instaló en Santiago, y un buen día llamó a la puerta del colegio Peleteiro para pedir trabajo. Y ahí sigue, desde 1990. «Llevo casi treinta años en Santiago y creo que es mi lugar en el mundo», asegura.

El teatro de la vida se dejó representar por una larga lista de alumnos que, con el tiempo, engrosó el elenco de actores profesionales, con una mención muy especial para Fefa Noia, hasta hace poco directora del Centro Dramático Galego, discípula y amiga. «Podría jubilarme, pero no tengo ganas. Las clases de teatro me producen a veces cabreos, pero también subidones de adrenalina, y es donde mejor se observa que el teatro es, realmente, terapéutico, quizás más en el aula que en la escena».

Pero la versatilidad de Roberto para adaptarse a ambientes y personajes no puede reducirse a un aula de teatro; y por eso, una vez asentado en Santiago, se buscó un hueco en el teatro profesional, y no tardó en encontrarlo de la mano de un exalumno de Ferrol y de Teatro Galileo. «La compañía llevó una función a la sala Galán y allí conocí a Baltasar Patiño y a Ana Vallés, que luego me llamaron para un corto. Mi inserción profesional se la debo a ellos».

Siempre en maridaje con los altibajos de la profesión, las giras, los espectáculos y el audiovisual ofrecieron al actor la posibilidad de transmutarse en un sinfín de personajes. «Pasé por todo, por A familia Pita, por Matalobos, por Serramoura... Cuando me llaman de Voz Audiovisual, siempre es para hacer de malo».

No para. Un papel en Elisa y Marcela lo llevó a Berlín de la mano de Coixet. Actuó en la película sobre el naufragio del Santa Isabel, participa en la última propuesta de Xavier Bermúdez, Olvido y León; está enganchado a un personaje que interpreta en la segunda parte de O sabor das margaridas; estrenará en abril O mozo da última fila, de la compañía Redrum; interpreta y dirige con Teatro En Punto y colabora con el Museo Valle Inclán de A Pobra. ¿El secreto? «No hay explicación. He pasado épocas muy buenas y travesías en el desierto. Menos mal que tengo trabajo fijo en el colegio, porque en el teatro la precariedad es terrible».

«Me gusta hacerme mayor, siempre quise parecerme a un señor, aunque no lo soy para nada»

 

 

Quizás el mejor papel que interpretó en su vida fue el de hijo, sobre todo en los últimos años. Desde que se estableció en Santiago, su madre viajaba desde Argentina para pasar con él seis meses al año. «Un día le dio un infarto de miocardio; se recuperó, pero se inventó que no podía viajar, y se quedó». Murió a los 88 años. «Y creo que fue feliz aquí, ella también encontró en Santiago su lugar en el mundo. Vivió cuidada y mimada y hasta la empujé para que hiciese teatro ella también. Falleció tranquila; para ella fue una muerte buena, pero no para mí, porque el texto de ese papel no me lo había estudiado. Tuvo un funeral maravilloso. No hay día que no me acuerde de ella». Echando mano de los recuerdos de Dolores y de los bosques con cigarras y olor a tomillo que ella rememoraba de los paisajes de Cadolive donde había conocido a su marido, Roberto localizó en Marsella los exteriores ideales para la última escena de la película de su madre. «Curiosamente, se llamaba Chemin de Galice, y allí dejé sus cenizas». Y ni quiere ni puede cerrar este episodio de su vida sin agradecer la ayuda de los médicos y del personal que atendió a su vieja. «Tenemos una unidad de cardiología de primera y una magnífica seguridad social en Compostela».

Ni quiere jubilarse ni ocultar sus arrugas ni disimular el paso del tiempo, que se puso de su parte. «Me gusta hacerme mayor, siempre quise parecerme a un señor, aunque no lo soy para nada». Por eso, mientras saborea un café en el Suso, su rincón, no se le ocurre mucho más que pedirle a la vida. «Que me sigan llamando, para lo que sea». Porque el telón se abre cada mañana en el teatro de la vida.

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