Ana Vallés: «Me encantaría poder recuperar esa efervescencia que tenía la ciudad»

No le gusta vivir de réditos ni de éxitos del pasado: «No me identifico con quien fui»


santiago / la voz

Ana Vallés se mueve como si estuviese en el escenario, y sin embargo, ella no es solo una actriz. Ana Vallés maneja el arte de la palabra, y sin embargo, ella es mucho más que una autora teatral. Los gestos de Ana Vallés se reflejan sobre los cristales del café Literarios como en un espectáculo de sombras chinescas, y sin embargo, ella no es simplemente una titiritera. De Ana Vallés ni siquiera se puede decir que sea puro teatro, porque es todo naturalidad. Quizás sigue siendo la joven que huyó de su casa en Ferrol y que, tras un breve paso por Madrid, recaló en Santiago ávida de vida. Pero ni eso, porque no le gusta hablar del pasado. «Me gusta estar en el presente. Cuando celebramos el 30 aniversario de Matarile, no quise hacer una retrospectiva, quise hacer lo que estábamos haciendo en ese momento. No me identifico con quien fui».

Desistimos entonces de clasificar a Ana Vallés y, simplemente, la dejamos que se exprese, porque esa fue siempre su especialidad; primero, con la artesanía y la creación de títeres de cartón piedra que la llevaron, de forma natural, a la escena, en una evolución que partió de las marionetas para adultos a la experimentación de la sala Galán, a la creación de Matarile y a la innovación continua, siempre como autodidacta, siempre siguiendo su instinto, siempre de la mano de Baltasar Patiño; él en la parte técnica; ella en la creación, la dirección y la puesta en escena.

Matarile nació en 1986 y la sala Galán abrió en el año 1993. Eran tiempos inquietos en Santiago. «Había una necesidad; era la Transición y nos abrimos a todo lo que venía del mundo exterior». Matarile evitó el maridaje decimonónico entre teatro y palabra y se centró, sobre todo, en la danza. «La danza contemporánea entró por Cataluña, y Galicia estaba en una esquina». Pero había que traerla. «Yo no distingo entre un bailarín y un actor», avisa. Y su mensaje caló en Santiago, pero no en otros puntos de Galicia. Ni entonces ni ahora. Ana no puede entender que se les reconozca más en el País Vasco que en su tierra. «En el 30 aniversario de Matarile fuimos a la Mostra Internacional de Teatro de Ribadavia. Solo estuvimos programados una vez, la gente no nos conocía. Es una sensación de recomenzar continua». Y le cansa un poco. «Estoy harta de hablar de la resistencia, de que tengas que estar siempre realizando hazañas épicas, como si estuvieses a bordo del Titanic». ¿Podría ser porque Matarile no se limita a hacer teatro en gallego? Y ella, a la gallega, repregunta: «¿La cultura está medida por estos prejuicios? ¿Cuánto de gallego tengo que incluir en un texto? Galicia en general es muy inmovilista; pesa el contexto, yo le llamo el paisaje». Pero se niega a dar el brazo a torcer. «¿Por qué no aquí? Es lo que pensé siempre. Las cosas tienen que cambiar, no podemos seguir haciendo lo mismo que hace 50 años».

Y sin embargo, Matarile es uno de los referentes del teatro hecho en Galicia; hasta tal punto, que Ana Vallés no podría recordar la cantidad de veces que la compañía subió a escena. «Solo en la Galán, con espectáculos de teatro y danza, se superaron las 1.500 representaciones».

La sala Galán cerró en el año 2008 «gracias al apoyo de varias instituciones». Eso no lo dice Ana, lo dice Baltasar Patiño. Y ella reconoce que en ese momento les dolió, «pero yo relativizo mucho el pasado, los proyectos no son eternos». Como les dolió el cierre del festival En Pé de Pedra, que supuso un revulsivo cultural en las calles de Santiago. La concejala de Acción Cultural, Mercedes Rosón, dejó caer hace unos días la posibilidad de retomarlo, y a Ana Vallés le delata la emoción: «Me encantaría poder recuperar esa efervescencia que tenía la ciudad», reconoce.

«Pensé que se me pasaría con el tiempo, pero me sigo poniendo nerviosísima»

 

 

Matarile hizo una pausa en el 2010 y tardó tres años en volver. «Lo hicimos despojados del peso y con la ilusión de los primeros años recuperada». Quizás es por esa sensación del eterno retorno que, pese a los 33 años de bagaje, cada vez que Ana sale a escena es como un estreno. «Pensé que se me pasaría con el tiempo, pero me sigo poniendo nerviosísima». Lo dice mirando para las escaleras de A Quintana, el rincón que eligió porque era el escenario en el que todos los años se clausuraba En Pé de Pedra. «Era donde se sentaban los espectadores, miles de espectadores que llenaban la plaza, era como un fin de fiesta que me marcó». Hasta 16.000 personas reunían en cada una de las ediciones, que se hacían en junio, cuando ya se habían ido los estudiantes y todavía la ciudad no se había llenado de turistas, porque era un espectáculo pensado para la ciudad, «para convertir el público en espectador».

Los tiempos sonríen de nuevo para Matarile, y sobre todo para la única directora gallega nominada a los Premios Max, un reconocimiento que le llena de satisfacción y que se suma a otros premios muy queridos por ella, como el que recibió en Valladolid o el que creó para Matarile el público del festival Don Quijote de París. El reflote del Titanic tras años de numantinas hazañas épicas coincide con su presencia en el Festival de Otoño de Madrid, una de las principales citas teatrales en España. Representarán Daimon y la jodida lógica, al modo de los espectáculos de los viejos tiempos; Teatro invisible y Los limones, la nieve y todo lo demás, a punto de representarse también en A Coruña.

Vuelve Vallés, ávida de vida. En realidad, nunca se fue.

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