Nos queda Portugal


París, Lyon, Ginebra, Berlín, Fráncfort, Londres, Berlín, Luxemburgo, Dublín, Milán, Bolonia, Malta, Budapest, Marrakech, Copenhague, Estambul, Montreal, Cracovia, Nueva York, Tel Aviv, Manchester, Río de Janeiro, y así hasta más de ochenta destinos diferentes. Es la oferta que tienen los gallegos en el aeropuerto de Oporto, a dos horas de la capital gallega y menos de una de la olívica. Autobuses directos entre el aeropuerto y Santiago de Compostela y una política de conexión con Europa envidiable. En el aeródromo Rosalía de Castro Zaragoza será el último destino en incorporarse, pero aún así el listado de salidas directas no alcanza la treintena.

Como el AVE Galicia Madrid tampoco es muy rápido -ah, que aún no ha llegado-, lo mejor es coger el coche a Oporto para buscar un destino vacacional u optar por carretera y manta. Portugal es ese país al que llegó la troika y que después de cinco años remonta con un plan económico de éxito. No es oro todo lo que reluce, hay copago sanitario y la clase media nunca ha sido boyante pero su tasa de paro es del 6 %. La ultraderecha asomó con un diputado en su Parlamento acabando con uno de los pocos reductos libres en Europa pero allí tendrán gobierno en breve. Y los jueces han echado por tierra el intento de los políticos de acabar con los festejos taurinos en el país luso pero, diantres, al menos lo han intentado. Portugal es ese país al que íbamos con prepotencia a comer bacalao y a comprar toallas. Ahora llegamos a Oporto y envidiamos una urbe que no tenemos aquí. Menos mal que nos queda Portugal.

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