Ocio en verano


Hacen muy bien los señores diputados en pedir cuentas al gobierno, en este caso a la Xunta. Esa es una de sus funciones. En el Parlamento, la directora xeral de Xuventude, la lalinense Cristina Pichel, desgranó de manera prolija las actividades estivales que se organizaron desde su departamento. Y organizar ese sinvivir diario veraniego exige un esfuerzo grande por parte de esa Dirección Xeral. Por supuesto que lo hace para demostrar a la ciudadanía que sabe llevar adelante las cosas y que el año que viene se merece los votos de los gallegos, como cualquiera que esté en un cargo político con mando en plaza. Y ese es su trabajo: romperse los cuernos para que todo funcione. Para eso les pagamos usted y yo.

El problema surge cuando en la calle se entiende que es poco menos que un derecho primigenio que haya esas 9.800 plazas que Cristina Pichel aseguró que se han cubierto en actividades de lo más variopinto, entre las cuales las estrella son los campamentos para jóvenes. Acierta cuando dice que, además, no es solo ocio aprendizaje, sino que también ayuda a la tan traída conciliación.

Claro está que a los políticos que mueven presupuesto hay que pedirles que mañana lo hagan mejor que hoy, porque todo el mundo quiere vivir mejor el año que viene que este. Pero de ahí a considerar que haya que estar esperando a que la Xunta saque las castañas del fuego hay un abismo. Nadie abjura de la conciliación, y a más de uno se le llena la boca hablando de Finlandia o Suecia. Pero cuando se le recuerda que allá pagan el 40 o el 50 % de impuestos y que, además, el trabajo a tiempo parcial es moneda común, entonces salimos con aquello de que allí son muy aburridos. Lo que usted diga.

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