El verano que se nos escapa


El verano nunca será lo que fue cuando éramos niños. La dicha de aquellos días que parecían no tener fin es un concepto que un adulto no puede abarcar ni comprender. La clave está en el sentido del tiempo. Para los pequeños no existe reloj ni calendario. Por eso aquellos estíos eran infinitos. Pero el vermú de los mayores empieza a adquirir un sabor más amargo cuando cruzamos el ecuador de las vacaciones. Y en la última semana, conscientes ya de que el solaz se agota, todo tiende a empeorar. Afrontamos los días sin apearnos del modo avión, sí, pero ya con el pesar de un desenlace que sabemos inevitable.

De vuelta a la ciudad, todo sigue en su sitio. Incluso mejor. Porque agosto nos brinda algunas ventajas. Fuera del bullicio que se genera en torno al casco histórico, el tráfico se mantiene en unos niveles ridículos que dentro de unos días echaremos de menos. Y en la almendra la vida palpita en sus calles como no lo hará hasta el verano que viene.

Por lo demás, estas jornadas previas al inicio del curso político encajan a la perfección en la plantilla habitual. Las obras más o menos improvisadas mantienen un hilo de actividad mientras los despachos siguen vacíos. También para ellos ha sido un semestre duro, con dos convocatorias electorales que probablemente llevarán la bola extra de una tercera. Sopor máximo.

Agosto se esfuma y todo vuelve ordenadamente a ocupar el lugar que le corresponde para conformar ese espacio caótico que marca la distancia entre cada verano y el siguiente, en el que volveremos a evocar con nostalgia aquella plenitud infantil.

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