Los dados


El día menos pensado, la vida se te acerca sigilosa por la espalda, y sin que te des cuenta, te suelta una enorme hostia que te lanza al suelo. Algunos se levantan aturdidos, pero otros jamás lo logran. Es un misterio pensar quién mueve esos dados de lo que muchos llamamos azar, pero el pequeño cubo negro siempre está ahí, aunque lo ignoremos, sobre el tapete verde de nuestra rutinaria existencia, con su movimiento y sus sonidos, para decidir de forma arbitraria quién gana y quién pierde en esa partida diaria que es la vida. El pasado domingo, mientras disfrutaba de una de esas calurosas tardes que anticipan el verano, me enteré de que en el Clínico de Santiago acababa de fallecer una política joven, apreciada y conocida, a la que hacía pocos días se le había diagnosticado un cáncer metastásico en un estadio ya irreversible. Fue todo tan rápido que muchos ni sabíamos que estaba enferma.

Yo supuse que habría pasado del fin de semana como el resto, con su vermú de mediodía, al aire libre, en compañía de su familia. Pero no, sin que nadie lo supiera, su vida se estaba apagando como el mismo sol que todos disfrutábamos el domingo al atardecer. Si hubiera un mínimo de justicia, los dados nunca caerían de esa forma tan cruel y despiadada. De regreso a casa, muy impresionado por la noticia, pensé en que mientras mis hijos jugaban en la calle, sanos y felices, habría otros llorando desconsolados la pérdida de su madre. Y obligados a empezar otra vida, con lo a gusto que estaban con la suya.

No sé quién mueve los dados, ni por qué los lanza. Ni siquiera sé dónde está. Pero por mí, si es posible, que los tire de una vez por la ventana.

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