Mahía: el paradigma del pelotazo inmobiliario

El juicio del gigante compostelano del ladrillo desvela cómo operaba una firma en la que tres socios sin experiencia, sin formación y sin dinero llegaron a facturar un millón de euros al día


santiago / la voz

Los 90 fueron una década muy loca en lo económico. Fueron años de un bum que parecía no tener fin. Una gráfica constantemente ascendente que dejó el paro en España en mínimos y una sensación colectiva de prosperidad que generó una euforia en la que los pisos, los dúplex, los chalés, los bajos comerciales y casi todo lo que tuviese cuatro paredes se vendían como rosquillas. En esa frenética época surgió en el área de Santiago una inmobiliaria, Mahía, que pronto fue la segunda más importante de Galicia, solo por detrás de Fadesa, y que estuvo entre las que más negocio movieron en España. Un imperio que surgió de la nada y del que hoy queda poco. La crisis económica y el divorcio de dos de sus socios fundadores la llevaron a la quiebra y a un largo proceso judicial que se inició hace catorce años y por el que ahora se está celebrando un juicio en la sección compostelana de la Audiencia Provincial.

Mahía Inmobiliaria se había constituido en septiembre de 1989, pero su verdadera historia comienza cuando Ramón López Casal compra el 33 % de la sociedad a uno de los tres socios fundadores y pasa a ocupar el cargo de administrador único. Su desembarco no fue casual. Uno de los socios, Manuel Gómez Maroñas, era su amigo de toda la vida. Ambos nacieron en una pequeña aldea de Urdilde, que es una pequeña parroquia del ya de por sí pequeño concello de Rois. Ninguno de ellos poseía estudios superiores ni experiencia en el mundo inmobiliario, por lo que sorprende la rapidez con la que transformaron su empresa de barquito de pesca en descomunal trasatlántico.

Manolo, como los amigos llaman a Gómez Maroñas, tenía -y tiene- una correduría de seguros y una autoescuela. El tercer socio, Antonio Bello, una pequeña constructora, y Ramón una empresa de cocinas, pero había realizado una modesta operación inmobiliaria en Bertamiráns (Ames) con tanto éxito que llamó la atención de su amigo de la infancia y por eso decidieron embarcarse en Mahía.

Lo estrecha que era la relación entre Maroñas y López antes de su divorcio empresarial ha quedado bien claro durante el juicio. Manuel, que es el denunciante, relató a la sala cómo nacieron casi casa con casa, cómo jugaron juntos de niños, cómo empezaron a salir juntos de adolescentes y cómo juntos conocieron a sus esposas y hacían vida social los cuatro. También cómo vieron nacer a sus hijos, incluso a los dos de Ramón, Marcos y Pablo, que como resultado de la demanda se sientan junto a su padre en el banquillo de los acusados. «Imagínese si éramos amigos que cuando se casó salí del hospital en el que estaba ingresado sin que me dieran el alta para no faltar a su boda», explicó Gómez Maroñas al tribunal.

Confianza rota

Con ese nivel de amistad, la confianza era del mismo grado. «Nunca desconfié de él», aseguró Manolo el día que testificó. Por eso, explicó, sintió «una enorme decepción» cuando, tras transmitirle sus quejas y sospechas por la gestión de la empresa, se percató de que, según entiende también la Fiscalía, Ramón, sus dos hijos y los tres empleados que dirigían los departamentos de comercialización, contabilidad y financiero -Pilar Encarnación Branco, Ignacio Rodríguez y Alicia Rodríguez, respectivamente- habían desviado todo el negocio de Mahía a unas empresas que habían creado a sus espaldas para dejarle fuera de juego.

Por eso están ahora acusados de un delito continuado de administración desleal y otro de apropiación indebida. Ramón López Casal se expone a una pena de doce años de cárcel, que es de nueve años y nueve meses para el resto. La indemnización que se pide para Maroñas tampoco es menor. Nada menos que ocho millones de euros, que se multiplican por diez, hasta los 80, en el caso de la acusación particular, la que ejerce el denunciante.

Además de un buen ejemplo de cómo el dinero puede acabar hasta con la mayor de las amistades, el juicio del caso Mahía también ha desvelado cómo operaba el gigante compostelano del ladrillo, un modo de proceder que en buena medida fue común a la mayor parte de las empresas del sector. Manuel Gómez Maroñas y Ramón López Casal no solo provenían del mundo rural, carecían de formación y experiencia. Es que tampoco tenían ni un duro. «Trabajábamos con el dinero de la gente, el dinero salía todo de las entregas a cuenta», confesó Maroñas en su declaración. Compraban el suelo mediante permutas por pisos y sin avales y financiaban la obra con lo que iban entregando los compradores de las viviendas. El sistema les permitía contar con más de la mitad del dinero de las ventas aún antes de que las máquinas entraran en el solar. Un negocio redondo que en los primeros años ni pasaba por los bancos. «La mayoría se vendían si hipoteca», añadió.

Con esa pillería para detectar terrenos apetitosos, esa zorrería para negociar con los paisanos y ese sistema de financiación piramidal que les permitía no tener que adelantar dinero, Mahía Inmobiliaria levantó buena parte del Bertamiráns que hoy es una ciudad dormitorio de Santiago y construyó en toda Galicia, en Portugal, Valladolid, Salamanca, Canarias y México. Un emporio que llegó a facturar un total de 4.000 millones de euros y a obtener más de mil de beneficios.

Las dimensiones de lo que fue Mahía se ven más claramente cuando los acusados explican que esa empresita que en sus primeros años, por no tener, no tenía ni oficinas, al poco llegó a contar más de doscientos trabajadores. El idilio se rompió en el 2005, cuando Maroñas denunció a su amigo de toda la vida. Ahora las vidas de ambos dependen de la Justicia.

Maroñas y López Casal nacieron en la misma aldea de Rois y eran amigos de la infancia

«Trabajábamos con el dinero de la gente, el de las entregas a cuenta», explicó el denunciante

El sistema les permitía contar con más de la mitad de la recaudación antes de empezar la obra

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