Las puertas


La cueva de Altamira de Instagram o de Twitter quizá se encuentre hoy en algún baño de una facultad o de un instituto. Como ahora en las redes, por aquellas puertas también pasaban todos: los románticos, los cursis, los que decían bobadas, los que sabían de todo y los que dejaban allí su ingenio y su humor, y escribían frases con las que uno habría empezado un cuento o un poema. Pero entonces éramos todos anónimos, gente insignificante que iba al váter, que hacía pis y caca, y que lanzaba sus ocurrencias sin afán de nada, con la vana esperanza de que algún incauto lo leyese. A veces, pasaba desapercibido. Daba igual. Todos éramos influencers, porque lo que escribíamos en las puertas con el boli solo lo leía la gente que tiraba de la cadena, lo que era maravillosamente poético. No éramos nadie, y nos importaba un bledo: comunistas del ego en el pleistoceno tecnológico. Quizá dentro de un tiempo estudien el boli Bic como una lanza puntiaguda para cazar seguidores.

Reflexioné sobre esto el otro día, cuanto fui a la facultad después de años. Mientras esperaba, entré en el servicio y vi que no quedaba ni rastro de las viejas puertas. Eran modernas, con buenos pestillos, y no había nada escrito. Sentado en el váter, abrí un vídeo de las redes en el que aparecía un fanfarrón con barbas. «¡Lo que vamos a disfrutar con los progres este domingo!», se jactaba. Nada nuevo, pensé. En mis tiempos, siempre había alguien que pintaba en las puertas un yugo y unas flechas, y escribía «Arriba España». Me levanté como si nada, indiferente, y tiré de la cadena.

PD: los chicos, a veces, también hacemos pis sentados.

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