El globo


Cuando era pequeño, observaba el globo terráqueo que había en mi habitación, y luego empezaba a darle vueltas y más vueltas, hasta que detenía la mirada en algún territorio recóndito e inexplorado. Siempre me fijaba en algún lugar lejano, como el estrecho de Bering o la península de Kamchatka. Así eran nuestros viajes imaginarios, inspirados por la aventura. Fue el primer mundo que descubrimos: con los osos polares pintados en la parte superior de la esfera y aquellas ballenas azules dibujadas en el medio de los océanos.

Hace unos días, entré en el cuarto de mi hijo mayor, Bruno, que pronto cumplirá diez años, y me quedé observando su globo terráqueo. Era media mañana y la casa estaba en silencio. Empecé a girar la esfera. No había vuelto a hacerlo desde que era niño. Por un momento, pude contemplar el mundo desde los ojos de la infancia. Porque en esa esfera las cumbres de las montañas seguían pintadas de blanco, ajenas al cambio climático, los elefantes lucían elegantes sus colmillos de marfil, como si no existiera la caza furtiva, y los ríos avanzaban caudalosos.

Al cabo de un rato, me levanté de la silla y fotografié el globo terráqueo con el móvil. Fue como si hubiese despegado hacia el espacio y estuviese a miles de kilómetros de la Tierra, como si el teléfono que sostenía mi mano se hubiese transformado de repente en un moderno satélite capaz de captar las mejores imágenes del planeta, por lejos que nos encontrásemos. En realidad, solo era la habitación de mi hijo, transformada por un instante en un universo imaginario, con su pequeño mundo, que es el mejor de los mundos posibles

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Santiago

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Comentarios

El globo