Ramón González: «El de orfebre es un trabajo para el que hay que tener mucha pasión»

Segunda generación de artesanos, confía en que su taller tenga continuidad


Santiago / la voz

Antonio Ramón González (Santiago, 1955) nació enfrente de la historia. Porque delante de su casa está el pazo de Feijoo, en donde vivió Rosalía de Castro; a la izquierda, por el Preguntoiro, paseaba Valle-Inclán; y a la derecha está el convento de San Paio. Por eso no tiene dificultades en encontrar su rincón. Su rincón de trabajo, de vida, y de vocación. Porque pronto tuvo claro que quería seguir los pasos de su padre como orfebre. Su progenitor, Ramón González, no procedía de una familia de artesanos. De hecho, era hijo de funcionario, y su abuelo -bisabuelo del actual Ramón- era calderero en la Calderería. Pero su padre se empeñó en ser orfebre y lo consiguió. «Le gustaba, tenía pasión», cuenta su hijo, «este es un trabajo en el que hay que tener mucha pasión para hacerlo».

Ramón siempre se dedicó a actividades relacionadas con el arte. Estudió en Peleteiro y era un alumno aplicado, «aunque me metía en tantas cosas que era un poco disperso». Después se fue a la escuela de arte Mestre Mateo, al tiempo que acudía al conservatorio y tocaba en un grupo de rock. Tiene grabada en su retina una imagen de su infancia que seguro influyó en su vocación posterior: «Tendría 8 o 9 años, era domingo por la mañana y quería mi paga, así que le pregunté a mi madre por mi padre. Me dijo que estaba abajo, en el taller. Bajé, y estaba cantando una zarzuela y esculpiendo una obra de arte. Era el retrato del hombre feliz. Es el recuerdo de niñez de lo que era un hombre feliz».

Antes de ponerse a trabajar con su padre en el local de la plaza de Feixoo, aún probó en el mundo del diseño, ya que realizó estos estudios, además de gemología. «La verdad es que no me llenaba, quise probar otras cosas pero pronto me di cuenta de que no era lo mío. También influyó la ciudad, porque estaba en Ourense y en aquella época no se podía comparar con Santiago, que ya era más universal».

Así que volvió, con apenas 23 años, y se quedó en el taller trabajando como orfebre. Asegura que casi todas las piezas las hacen en el propio establecimiento «porque este es un taller tradicional de orfebres», aunque últimamente han tenido que diversificarse entre diseños muy modernos y otros muy clásicos, «ya que hay un cambio generacional y cambian los gustos». El sector atraviesa un momento difícil, que en parte achaca a la crisis y en parte a la incertidumbre política que hace que los clientes se lo piensen a la hora de invertir.

Llena su relato de anécdotas, algunas históricas, otras familiares, y otras más personales. Colaborador habitual de la Catedral, este taller fue el encargado de restaurar el botafumeiro en el año 2015. Fue un proceso delicado y con historia «porque todas las cosas que realmente tienen valor deben tener una buena historia detrás». El actual botafumeiro, de 1851, sustituye al que fue robado por las tropas de Napoleón y que, paradójicamente, se había realizado gracias a una donación de un rey francés. Dice Ramón González que se ha conservado en muy buen estado, y destaca el hecho de que en algunas de sus piezas se haya utilizado hierro medieval, probablemente reutilizando algún otro instrumento.

Aunque solo tiene una hija y trabaja en el extranjero, en concreto en Alemania, confía en que el negocio familiar siga adelante. «Nadie sigue de momento, pero ya tengo un plan B y creo que esto va a seguir cuando yo me jubile», apunta Ramón.

«Casi no piso el Ensanche, pero eso sí, el Obradoiro lo recorro todos los días»

Nació, vive y trabaja en la zona histórica de la ciudad. Es evidente que el día a día de este orfebre compostelano transcurre entre la piedra y las calles del casco viejo. Admite de hecho que el Ensanche, «casi no lo piso, eso sí, lo que recorro casi todos los días es el Obradoiro, la zona de la Quintana, la Catedral, voy a escuchar al jazzman...». Andar es uno de los placeres de los vecinos que viven en la almendra, «y aunque tengo permiso para entrar con el coche sería un error no pasear». Aplaude la peatonalización y en general el trabajo del exalcalde Xerardo Estévez, que por algo es arquitecto de profesión.

Y es que es un apasionado de las ciudades históricas y peatonales, Santiago, Florencia... En cada respuesta que da, Ramón añade una anécdota, muchas de ellas históricas, como la de Velázquez en Italia, a donde fue enviado a comprar cuadros por orden del rey y en donde se entretuvo, no precisamente por cuestiones artísticas. Sobre la zona vieja compostelana, añade, «habría que apoyar algo más al comercio porque se está dando un cambio generacional y los establecimientos se resienten».

Y es que el turismo ya no es un colectivo que gasta y consume, sino que la mayoría son viajeros que apenas hacen inversión en la ciudad: «Entiendo que el turismo en Santiago es peculiar, porque los peregrinos hacen un gran esfuerzo, pero la ciudad podría resentirse». Su establecimiento, asociado de Compostela Monumental, acaba de ser galardonado con el premio de Comercio Emblemático 2019 del Concello, en el apartado de joyería. Y es que este taller lleva la friolera de 68 años abierto en el casco viejo, y manteniendo la tradición del trabajo bien hecho.

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