Nada


Al norte de la ciudad, no lejos del lugar donde trabajo, hay un tramo de calle en el que no queda nada. Hace tiempo que cerró la casa de comidas y la tienda de maquinaria agrícola. Incluso hay un edificio abandonado, que se encuentra a medio construir. Es lo que tienen los cadáveres de cemento, que jamás se pudren, y permanecen ahí embalsamados, como huellas imborrables, como las lápidas que recuerdan a las constructoras muertas. En esa zona, la vegetación ha crecido en los márgenes de la carretera. Esta semana, cuando subía andando, observé cómo una ráfaga de viento zarandeaba una hoja de periódico. El aire la movía de un lado a otro, y la levantaba, igual que una cometa, como si alguien, allí escondido, hubiese sobrevivido al asedio de aviones enemigos y ondease la bandera blanca en señal de rendición. Tal vez ese era el mensaje: no quedan negocios por cerrar, ni empleados por despedir. No hay nada ya por bombardear.

A algunas zonas de la ciudad que quedaron arrasadas por la crisis aún no ha llegado la recuperación. No ocurre así hacia el sur, en lo que es la gran paradoja de Santiago, que le lleva la contraria al mundo: aquí el norte es más pobre. Dejé el tramo de calle en el que no queda nada y le perdí la pista al trozo de periódico que zarandeaba el viento. Era un día gris, que amenazaba lluvia. Al llegar al trabajo, me acordé de Carmen Laforet y de la correspondencia que mantuvo con Ramón J. Sender. La escritora retrató como nadie las miserias de posguerra. «Un clima de nieblas, de lluvias constantes y de hollín». Así describía la España de los sesenta. Y así veo yo algunas zonas del norte de mi ciudad.

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