La contraseña


La forma en cómo vemos transcurrir las vidas de los otros es, en cierto modo, nuestra propia vida. Cada mañana, en la oficina, todos hacemos lo mismo: nos sentamos, arrancamos el ordenador y tecleamos la contraseña. Entonces suena la música de inicio y la pantalla brilla ante nosotros, con su escritorio lleno archivos, como un cielo estrellado dispuesto a iluminar un nuevo y oscuro día en la oficina.

Hace años, un amigo me contó que, al llegar al trabajo, se encontró con su terminal estropeado. Al ver que un compañero estaba fuera, lo llamó para ver si podía usar su ordenador. Le facilitó el usuario, con la primera letra de su nombre y el primer apellido, y también el password, que era sencillo y previsible: inicio. Cuando arrancó, vio el escritorio lleno de fotografías, todas muy similares. Eran imágenes de bonsais. Al parecer, las tenía allí archivadas para sobreponerse al estrés. Aquellas hermosas y diminutas figuras le ayudaban a reducir la escala de los contratiempos, a verlos como algo menor. Me pareció una historia preciosa y, desde entonces, siempre pienso que tal vez algunos ordenadores, además de muchas otras cosas, escondan también algo de literatura y poesía.

Confirmé esto la semana pasada cuando una amiga, en una confidencia, me reveló su contraseña. Tiene once caracteres, todos letras. Un código que funciona como una alegoría del tiempo presente, cargada de humor, una frase que, a las puertas del 8M, bien podría servir para titular un cuento o una obra de teatro. Su ordenador, cada mañana, solo responde a una clave de inicio: «hastalacona».

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