Mamá


Antes de acostarme, siempre me despido del teléfono, uno más en la casa. A mis hijos les paso la mano por la frente cuando ya están dormidos, y al móvil le deslizo la yema de mi pulgar por la pantalla. La otra noche me soltó un puñetazo. Fui a la agenda, en busca de un número, a una letra que no frecuentaba desde hacía tiempo y, zas, de repente, en la eme, apareció un contacto que supuse borrado: Mamá. Mi madre murió hace casi siete años. Hay números que sabemos de memoria, pero ella casi no utilizaba el móvil, así que no lo recordaba. Abrí el contacto. Por un momento imaginé que hacía una llamada y al otro lado sonaba una voz que decía «hola, hijo». No me atreví a marcar por si hubiese una reencarnación tecnológica y descolgase alguien que mi madre habría detestado. «No, se equivoca de teléfono, aquí no hay ninguna Carmen, soy Santiago, Santiago Abascal», imaginé que contestaban. «Está usted confundido, esto es un teléfono corporativo de Cofidis».

Tumbado en la cama, empecé a soñar con una serie de respuestas absurdas y cómicas, y que me sirvieron para recordar cómo era mi madre, y todo lo que nos enseñó. Me eché a reír. Volví a deslizar el dedo por la pantalla del móvil. Al cabo de un rato, me levanté de la cama. Me fui hasta el salón y, con la frente apoyada en la ventana, puse el teléfono en la oreja y llamé a su número. Hubo unos segundos de silencio que me parecieron larguísimos. Entonces, al otro lado de la línea, sonó una voz que me resultó familiar. «El número marcado no existe». Volví a mi cuarto, y dormí plácidamente toda la noche, de un tirón.

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