Vender cuerpos, alquilar vientres


Decía Manolo Escobar en una de sus canciones que «ni se compra ni se vende el cariño verdadero» y que «no hay en el mundo dinero, para comprar los quereres». Es difícil en estos tiempos, en este mundo loco, defender que no todo se puede comprar o alquilar, que no todo está en el mercado. Y que si lo está, la dignidad humana exige que lo saquemos a patadas. Llevamos siglos comprando cuerpos que se venden casi siempre por obligación. Siglos y siglos hablando de la prostitución como «el oficio más viejo del mundo» como si por antiguo hubiese adquirido una pátina que no dejase ver su repugnancia. Su injusticia. Ahora la moda macabra son los vientres de alquiler. Aunque no es el vientre, sino nuevamente todo el cuerpo el que se alquila. Asqueroso. Por mucho que haya países en los que se ha legalizado, como Estados Unidos o Ucrania. La vida humana es sagrada. Es el gran misterio de la existencia. Es la explicación de todas las cosas que aún no comprendemos porque estamos sordos y ciegos queriendo comprar y vender, queriendo poseer e imponer. Todo aquello que banaliza al ser humano lo embrutece. Le arranca su identidad. No todo vale cuando hay vidas de por medio. No cabe todo cuando es la existencia y la dignidad humana con lo que jugamos. Si la prostitución es tan ancestral como la primera historia, ya es tiempo de erradicarla, no de cometer nuevos errores. Comerciar con la maternidad y la paternidad, hacer de todo ello un negocio, es convertir en mercancía al bebé, en una máquina reproductora a la madre y en un mero surtidor de esperma al padre. Y no hay nada auténticamente humano en todo ello.

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