Venezuela


ntre 1999 y el 2002 tuve la oportunidad de viajar a Venezuela hasta en cuatro ocasiones como enviado especial de La Voz. Eran los años en los que empezaban las primeras protestas contra Hugo Chávez. En cada viaje pasé entre quince días y hasta más de un mes viviendo en Caracas, tiempo suficiente para entender mejor un país que en España la mayoría sigue sin conocer y sin entender. Hablé con unos y con otros. Con los militares alzados en aquel momento en la plaza Altamira y con el presidente Chávez en el palacio de Miraflores. El país estaba dividido, pero Chávez ganó casi todas las elecciones que convocó, que fueron muchas. Y lo hizo con la supervisión internacional y limpiamente, como prueba el hecho de que perdiera una que era quizás de las que más quiso ganar, que fue aquel referendo para poder volverse a presentar a las elecciones más allá del límite que fijaba la constitución. Lo que hoy sucede en mi querida Venezuela ni se parece a aquellos días. Nicolás Maduro no es Chávez. Es una torpe fotocopia en blanco y negro y desenfocada que dice hablar en nombre de un pueblo al que mata de hambre, secuestra, asesina, tortura y amedrenta. Él perdió la única elección limpia que convocó y como no le gustó la experiencia decidió anular la Asamblea Nacional y crear otra paralela. A eso se le llama autogolpe. Que Maduro es un tirano y un dictador lo prueba su afán por detener periodistas venezolanos y extranjeros. La verdad le incomoda. Nadie sabe qué pasará ahora, pero el que tenga dudas de qué bando escoger es que ni es un demócrata ni tiene nada en la sesera. Si viviera, hoy Chávez derrocaría a Maduro. Ni lo duden.

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