El albergue de Xoán XXIII, saturado por la ola de frío

Lleva repleto desde el miércoles, cuando se activó el protocolo, y se han quedado personas fuera por falta de capacidad


Santiago / La voz

El arranque del año ha sido duro en las calles. La drástica bajada de temperaturas por las noches ha obligado a activar hace justo una semana, día 2, el protocolo de frío en el único albergue que da cobijo a indigentes durante todo el año en Santiago. Las instalaciones, gestionadas por los franciscanos, están desde entonces al límite de su capacidad. Las 25 plazas disponibles son en estos días insuficientes y se han quedado personas sintecho fuera.

Divina Losada, encargada de coordinar la actividad del albergue de San Francisco, explica que «cuando hace mucho frío la gente no se desplaza tanto. Los que estaban en Vigo cuando empezó la ola, por ejemplo, se quedaron allí y los que se encontraban aquí, lo mismo. Por eso no hay tanta persona circulando y, estos días, una vez cubiertas las plazas por orden de llegada, pueden quedar dos o tres en la calle que hayan venido más tarde, nada más. Sabemos que no están a la intemperie en las noches más frías: buscan a otras personas que les den cobijo o duermen en casas okupa». Con todo, «siempre hay valientes que se empeñan en quedarse en la calle y la Policía no los puede traer contra su voluntad», dice.

Con la tranquilidad de saber que «quien no duerme bajo techo es porque no quiere», Losada repara en la parte positiva de que no queden camas libres: «Otros años no estábamos al completo. Esto significa que conocen el servicio que damos y recurren a él».

El protocolo de frío se activa cada vez que las temperaturas bajan de los 2,3 grados. Y, aunque ayer las mínimas fueron algo superiores, se mantuvo pues se avecina una nueva caída en los termómetros según MeteoGalicia y Aemet. «Como mínimo, estará activado hasta el viernes», señala la coordinadora del albergue compostelano, quien explica que este es el primer protocolo de frío del invierno, mientras que en la anterior campaña se inició en diciembre y se aplicó en cinco ocasiones, «pero nunca tantos días seguidos como ahora».

Urgen guantes y gorros

Cada vez que se avecina una ola de frío, la institución benéfica suele repartir mantas entre las personas sintecho y familias necesitadas para combatir las heladas. Al mismo tiempo, hacen acopio en su ropero de prendas polares o de abrigo. Concha Villar, que lleva 16 años trabajando en el albergue y se ocupa estos días del servicio, cuenta que «normalmente tenemos stock, pero cuando viene este frío vuela. Están viniendo a pedir gorros y guantes, que se nos han terminado, y mantas siempre hacen falta», asegura.

Desde el albergue hacen un llamamiento para contribuir con este tipo de artículos, los que más urgen. También son necesarios zapatos de invierno, masculinos principalmente (en este momento hay menos mujeres en las calles), así como calzoncillos largos, pero es importante que el calzado esté en buenas condiciones y la ropa interior sea a estrenar, subraya Losada. Al margen de ello, con el dinero recaudado en la campaña de Navidad a través de las distintas donaciones, el albergue suele aprovechar las rebajas para comprar provisiones para su ropero. Las donaciones se recogen, preferentemente, de 10 a 13 horas de lunes a viernes. De no ser posible en este horario, por las tardes de 16 a 20, o bien fines de semana y festivos de 18 a 20.

«Con el sueldo de miseria que tengo no me llega para comer»

 m. mosteiro

Son las doce del mediodía y ante la puerta de la Cocina Económica comienzan a reunirse los primeros comensales, que prefieren ocultar su cara y su nombre, y que, a partir de las doce y media, degustarán un menú, en el que elegirán entre sopa, arroz con setas, judías verdes, solomillo, pollo asado, bacalao y patatas. «Solo me queda la dignidad», explica un hombre que asegura que duerme en un cajero y que acude cada día al comedor social para comer y cenar caliente. Una mujer, delante de él, dice tener un trabajo en el que cobra «un sueldo miserable, que no llega a nada. Con pagar el alquiler, la bombona y la luz, se acaba. Tengo que comer aquí». Otro joven se queja de la subida de los precios: «Debería ser gratis. Luego tendré que pedir en la calle para la cena o quedarme sin cenar». Frente a este, otra usuaria elogia la calidad de la comida: «Es buena y siempre está sabrosa. Todos los días hay algo distinto. Aunque cobran, vale más de lo que pagamos». En la larga cola hay más hombres que mujeres y, entre ellas, una que dice estar enferma: «Tengo una minusvalía y soy víctima de violencia de género. Solo puedo comer aquí y me dieron unos vales en Cáritas, que se acaban».

 Esther Seoane, directora de la Cocina Económica, comenta que cada día aumentan las personas que van al comedor. «En los días de frío, más. La gente quiere comer caliente». En las cenas es frecuente superar los 100 comensales y en la comida rondan los 200. El día de Reyes, concretamente, había 211 personas en las mesas. Los desayunos son también cada vez más numerosos, y suponen entre 60 y 70 servicios.

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