Manuel Alejandro Caeiro: «He llegado a cortar el pelo a 120 médicos cuando estaba en Galeras»

Empezó a trabajar con solo 7 años y este mes se jubila, a punto de cumplir los 84


Santiago / la voz

Nació poco antes de que estallase la Guerra Civil. «Fueron unos años difíciles», reconoce Manuel Alejandro Caeiro, quien se crio en el seno de una familia humilde, en la rúa de Entrerríos. Eran seis hermanos a alimentar. Su padre, zapatero artesanal. La madre, panadera. A él, la vida lo llevó a trabajar en una peluquería. Empezó con solo 7 años, indica el compostelano, que a sus casi 84 (los cumple el 21 de febrero) ha decidido jubilarse. Será este mismo mes, tras un camino lleno de traspiés.

«Iba al colegio de San Jerónimo, en la antigua plaza de España [ahora Obradoiro]. Un día, llegó un tío mío y le pidió a mi padre si podía ayudar un tiempo en la barbería del Hórreo en la que trabajaba, en principio para barrer e ir a los recados. Mi maestro fue Ramón Bunino Souto y tuve la gran suerte de que su tío, Antonio, que yo creo que era dueño de aquello, venía mucho por allí y se encariñó conmigo. No le llegaba aún al sillón y lo tenía que afeitar todos los días y cortarle el pelo cada ocho. No lo necesitaba, pero era la forma de que aprendiese», cuenta sobre sus inicios Caeiro.

«Entonces había muchos taxistas allí y la mayoría venían a afeitarse a la barbería, porque no era como ahora, que hay maquinillas eléctricas y de todo tipo», apunta. Con ellos fue cogiendo práctica y empezó a despuntar por su buena mano. Enseguida pudo tener su propio negocio. Resulta que en su familia había otros tres tíos peluqueros... De casta le viene al galgo. «Tenía otro que era barbero en la misma calle. Le marchaba un hijo para la mili y le pidió a mi padre si podía ocupar su lugar mientras estaba fuera. Debía tener yo entonces 12 o 14 años, no más», señala. Hoy cree que se la intentaron jugar para echarlo justo cuando su primo, ya licenciado, regresaba. Su padre, dice, vio venir la maniobra y se ocupó de encontrarle un local propio. Se lo alquiló la que acabó siendo su suegra.

Negocio propio

«Encontré un bajo en Entrerríos cuando estaban arreglando el Hospital Real y los médicos vinieron para el Xeral, en Galeras. Empezaron a formar parte de mi clientela y he llegado a cortar el pelo a 120 médicos, contados, de los que poco más de 20 siguen viniendo. Muchos se marcharon y otros fallecieron», aclara.

Asegura que nunca le tembló la mano antes de cortar el pelo a una cabeza insigne, aunque sí cuenta que por error cortó a un cliente: «Me dijo que le recortase los pelos de la nariz, pero no me avisó de que tenía una verruga. Aquello fue terrible, porque no dejaba de sangrar». Aún hoy lamenta aquel error Caeiro, un hombre responsable, honrado y cordial ante todo.

El negocio de Entrerríos creció como nunca hubiera imaginado. Todavía estaba soltero cuando le tiraron el bajo en el que trabajaba para hacer el nuevo hospital. Y el que cogió luego, para el materno-infantil. Acabó montando una sociedad con tres de los operarios que tenía contratados «pero la cosa no salió bien... y eso que fue la primera peluquería que empezó a dar cita en Santiago». Caeiro prefiere saltarse un par de capítulos que le trajeron más de un disgusto, incluido otro proyecto en asociación en Fernando III O Santo.

A los 65 se jubiló, pero aguantó solo un año sin trabajar. Y se estableció ya solo en Frai Rosendo Salvado, donde mantiene una buena cartera de clientes y un solo sillón operativo (son dos contando una silla restaurada que lleva con él casi 70 años y forma parte de la decoración). Sigue disfrutando de cortar el pelo, porque «no hay dos cabezas iguales». Siempre prefirió hacerlo en silencio, para poder concentrarse en lo que lleva haciendo toda la vida, aunque «ahora soy mayor y me canso», dice.

Poco a poco se está deshaciendo de las herramientas. Las regala. Tiene aún una veintena de tijeras, material alemán de calidad. «Solo me voy a quedar con una para cortar el pelo a los nietos y a mi hijo», indica, y «con algún cliente que llevo muchos años y es ya mayor le iré a atenderlo a casa. No los voy a abandonar ahora, de ninguna manera», dice este peluquero de bandera.

«Me da mucha pena ver cómo se ha ido deteriorando la iglesia de Santa Susana»

Tras una vida dedicada al trabajo, Caeiro reconoce que poco tiempo tuvo para salir de la ciudad. «Santiago creció mucho en los últimos años, y ya no conozco las afueras». Él, que fue un joven deportista y futbolista del San Lorenzo, iba una vez a la semana corriendo al Pedroso. Jugaba de niño en el campo de Santa Isabel. Allí recuerda el antiguo cuartel que luego se convirtió en cárcel: «Venían y les traían la comida. Había unas taquillas allí, unas ventanas pequeñitas, y por allí entregaban las bolsas a los guardias o a gente que estaba dentro. Me acuerdo muy vagamente de aquello con presos, porque era muy pequeño». Con los años, vio cómo abandonaban las instalaciones y poco a poco se iban cayendo, empezando por el tejado.

Caeiro confiesa que es «un enamorado de Santiago. Me encanta ver a los peregrinos y me duele que le nieguen un vaso de agua o que no les permitan ni entrar al baño. Me molesta muchísimo que la gente no sea más humana», lamenta. Un lugar al que le tiene especial cariño es a la iglesia de Santa Susana, en la Alameda. Además de que el mismo cura era uno de sus clientes, el peluquero se casó en ese templo: «Aquello da pena ahora, rompen los cristales, lo llenan de pintadas... Me da mucha pena ver cómo se ha ido deteriorando, porque tengo muy buenos recuerdos. Mis padres fueron los padrinos de nuestra boda y al ver esa escalinata los recuerdo a ellos y a toda mi familia allí junta... Y me gusta mucho también la Alameda».

«En el Ensanche no entra ni el sol. Debían hacer calles más anchas pero no las hicieron por interés económico y se amontonaron aquí pisos a diestro y siniestro», dice el autónomo, un referente que se despide del barrio.

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