Carlos Quintela, Coki: «Decenas de personas se reunían a la puerta del bar para saber los resultados del fútbol»

Su padre fundó el Suso, que fue desde punto postal hasta de encuentros clandestinos


Santiago / la voz

Nombre. Carlos Quintela, Coki, santiagués de 51 años.

Profesión. Hostelero.

Rincón elegido. El bar Suso, fundado por su padre, un pionero del márketing en su época, y que ahora regenta él.

La vida de Carlos Quintela, más conocido como Coki, no puede entenderse sin el bar Suso. Su padre lo fundó hace 71 años y le puso su nombre. «Él empezó en el quiosco de la Alameda, donde ahora está el restaurante. Lo llamaron Tarzán, porque estaba al lado de los leones», cuenta el pequeño de sus cuatro hijos. Para anunciar su apertura, relata, hizo unos sobres en los que aparecía la palabra «sorpresa» y generaron gran expectación. Es el primero de muchos ejemplos de la inventiva de un hombre que, sin tener estudios en publicidad, fue pionero en su época en este campo. Tras el Tarzán -que se convirtió en su apodo-, «se fue al Bazar do Vilar, donde antes había una sala de billares, hasta que en 1947 cogió el Económico a un hombre que lo consiguió a cambio de un coche y lo convirtió en el Suso», continúa Coki, quien ahora dirige el negocio de la rúa do Vilar.

Tras su característica ventana con hoja de guillotina, han pasado cientos de historias. Explica el santiagués que, al poco de abrirlo, a su padre se le ocurrió la idea de poner un cartel de madera hacia la calle con los resultados de fútbol: «Tenía un amigo que se sentaba en la mesa que da a la calle escuchando la radio y anotando cómo quedaba la quiniela. Cada equipo era una tablilla y se iban cambiando. El Compostela iba aparte, siempre. Aún hoy viene gente y te dice que se acuerda de eso. Te cuentan que fácilmente se reunían 80 personas a la puerta del bar los domingos para saber los resultados. Hasta llegó a obtener un permiso para instalar un altavoz en el exterior para retransmitir los partidos, metido en un balón. A partir de los 60, el cartel desaparece y empiezan a poner una hoja que hacía el mismo señor, que tenía una letra gótica preciosa».

Contratación de orquestas

El carácter abierto y emprendedor de su padre, un relaciones públicas nato, convirtió el Suso en mucho más que un bar. Sirvió desde punto de recogida postal, donde los transportistas del Castromil o del Celta dejaban los paquetes para los vecinos de Santiago, hasta en centro de contratación de orquestas. Coki y su familia conservan un cartel de la Hispania en donde figura el teléfono del bar (1159) para solicitar sus servicios, al igual que los de la Compostela o los Dancers. «Mi padre conocía a los representantes y era amigo de un cantante muy admirado en la época, Pocholo», comenta.

En 1960, Suso compró todo el edificio. Lo reformó y montó encima del bar un hostal con ocho habitaciones y un baño compartido. «El año 1965 era año santo y vio la oportunidad. Entonces, los peregrinos entraban por Porta Faxeira, no por Xoán XXIII. Según me contaron, se anunciaba la entrada de las cofradías, que iban con sus banderas y toda la parafernalia», apunta el hostelero.

Antes, la familia vivía en la primera planta «y siempre me acuerdo de tener aquí a turistas». «Hasta la década de los 90 casi no había nacionales, la mayoría eran jubilados extranjeros. Era un Camino reflexivo, ahora es más deportivo y la media de edad bajó», repara.

Había un ambiente «muy divertido», señala, porque además de conocer a personas de otros rincones del mundo, en la época de la Transición «estaban aquí metidos el MCG, el Partido Comunista Revolucionario, la Liga... Guardaban en el bar las pancartas y organizaban sus encuentros clandestinos». Las anécdotas darían para escribir un libro. «Tuvimos hospedado a un japonés, le llamaban Andrés Segovia, que tocaba la guitarra desde las ocho de la mañana hasta la hora de comer en la habitación. Ahí vi por primera vez la comida liofilizada. Algo impensable aquí en los 80», dice con una sonrisa en la boca.

Aunque él y sus hermanos tuvieron que arrimar el hombro de pequeños en el negocio familiar, con su madre al frente de la cocina, reconoce que «fuimos unos afortunados por poder vivir todo este contagio cultural».

«Ya no existe el romanticismo en la hostelería, se vendió a la economía»

Carlos Quintela explica que el bar era conocido por su música y ambiente liberal. «Tuvimos un magnetófono de cintas. Las íbamos a comprar a Ferrol, a un señor ciego que las grababa», indica. En el Suso ya sonaban los Beatles en los 60. Sus hermanos, especialmente Javier, un melómano empedernido, tienen gran parte de la culpa: «Conseguía discos de Bob Dylan censurados y ponían a los Doors, Led Zeppelin, Lou Reed...».

En la recepción del hostal se puede ver una pequeña muestra (alguna del año 1955) de las miles de postales de agradecimiento que recibió su padre de medio mundo, hasta de Islandia. «Era su Facebook», suelta Coki. Y, por el número de seguidores, podría haberse considerado todo un influencer. Entre su cartera de amigos, desde los estudiantes de Farmacia andaluces a los que mimaba con su vino fino favorito hasta los grandes ideólogos del Camino moderno o el mismísimo Lugrís. Él, también se lo trabajaba, explica su hijo. Regalaba postales del bar y conchas de vieira dedicadas a los visitantes. Sus famosos pareados (en los que relucía su ingenio, más que la vena poética) viajaron a muchos países. «Ya no existe el romanticismo en la hostelería, se vendió a la economía. Es lo que nos preocupa ahora a todos, yo incluido», reconoce.

El benjamín de la familia, que estudió en el Peleteiro, añora el ambiente que había antes en el Vilar y recuerda con especial cariño aquel Campo de la Leña del instituto Rosalía al que se colaban los jóvenes. «Esta calle está muerta. Se ha quedado solo para el turismo. Niños puede haber seis y que exista la mendicidad no es un problema, pero sí que estén aquí siempre y generando conflictos», sentencia. Su hija es «la heredera universal de todo esto», comenta, aunque a sus 21 años no ha decidido aún si cogerá el relevo.

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