El banco de alimentos vive «uno de los peores años» por la creciente demanda

Entre los solicitantes en Santiago hay parejas con hijos que viven en pisos patera


ferrol / la voz

«Este año es de los peores que hemos vivido, cada día tenemos más asociaciones que nos piden alimentos y en las entidades aumenta la gente que solicita ayuda», alerta Concepción Rey, responsable provincial del Banco de Alimentos Rías Altas (Balrial), con dos almacenes en A Coruña (A Grela y Meicende) y delegaciones en Santiago y Ferrol. Funciona desde 2010 y Rey, parada de larga duración de 55 años, se incorporó en 2012 como voluntaria. En los centros de A Coruña y Ferrol escasea la leche. «Nos quedamos sin gota, algo que no pasaba desde hace muchísimo tiempo; en Santiago se superó por los donativos de una andaina solidaria y porque dos empresas les entregaron seis palés», detalla. Las legumbres, uno de los productos de mayor coste, están a punto de agotarse; y ya quedan pocas reservas de azúcar o cacao.

«Lo ideal sería que no existiéramos», admite Rey, mientras explica que Balrial distribuye la fruta excedentaria de toda España y los alimentos sobrantes de la Unión Europea, además de los conseguidos en la Gran Recogida, que este año será el 30 de noviembre y el 1 de diciembre en tiendas de casi todas las cadenas, y las operaciones realizadas durante el año en supermercados de El Corte Inglés, Carrefour o Vegalsa, o el Mayo Solidario de Gadis. «Nos nutrimos de esto y de lo que alguna empresa nos da, artículos a punto de caducar, que despachamos de inmediato; campañas de colegios y empleados de empresas, y aportaciones particulares», agradece. En la provincia atienden a más de 160.000 personas de 140 entidades gracias al trabajo de 3.000 voluntarios, que en 2017 repartieron 2,2 millones de kilos de víveres.

Trabajadores pobres

Felicia Estévez, una de las encargadas de Balrial en Santiago, quiere dejar claro que al banco de alimentos no solo recurren «pobres de solemnidade». «Hai moita xente traballadora empobrecida, asegurada a media xornada aínda que faga o horario completo e cun salario de 600 euros ao mes para manter a tres ou catro persoas. Iso non lles permite vivir», denuncia. Entre los demandantes de ayuda «hai parellas con fillos que teñen que compartir vivenda con outra xente, en pisos pateira, porque cunha Risga de 460 euros non lles chega para un aluguer, e ás veces teñen que collelo por medio de Cáritas porque non lles admiten de aval unha nómina da Risga».

Prejubilada de 63 años, Felicia entró de voluntaria hace año y medio, a raíz de una campaña lanzada en busca de colaboradores. Desde entonces, «ninguén se deu de baixa, pode haber un baile de números porque dúas familias atopan traballo e marchan, pero veñen outras dúas de fóra, por exemplo». Esta labor resulta gratificante, «polo ambiente de traballo, sen xerarquías, e de cara a fóra, porque ves que realmente lles solucionas algo a algunhas persoas». Reconoce, sin embargo, cierta frustración: «Non me gusta porque é caridade, non xustiza, vai tapando buratos mentres non se fai xustiza».

«El número de usuarios, estabilizado tras lo peor de la crisis, ha repuntado este año»

Por el comedor de la Cocina Económica de Ferrol pasan a diario un centenar de personas. La mayoría comen y cenan en el centro fundado en 1891, presidido por Antonio Tostado desde hace nueve años. «Entre 2008 y 2013, lo peor de la crisis, la subida del número de usuarios fue espectacular, pasamos de 80 a 300. A partir de ahí fue bajando y se había estabilizado, pero este año ha repuntado, hemos pasado de 95, el mínimo desde la recesión, a cien», indica.

-¿Qué representa la aportación canalizada a través del banco de alimentos?

-Del banco recibimos, principalmente, alimentos procedentes de la Unión Europea, una aportación fija anual, que nos suelen entregar en dos o tres fases al año. En total, nos llega entre una tonelada y media y dos, sobre todo legumbres, pastas, leche y conservas. Es una ayuda muy importante, funciona como intermediario y nos quita mucho trabajo, recibe y clasifica los productos, que nosotros recogemos.

-¿Cuánta gente trabaja en el centro?

-Hay una plantilla de siete trabajadoras y tenemos 43 voluntarios, que se encargan de actividades complementarias y de las campañas de información y captación de socios, o de la recogida de alimentos.

-¿Cómo se financian?

-Somos una asociación benéfica, con 1.500 socios; el 60 % de los fondos son privados, de las cuotas y los donativos particulares, y el 40 %, aportaciones públicas.

-La situación ha empeorado este año y su trabajo parece cada vez más necesario.

-Sí, tenemos un cinco por ciento más de usuarios que el año pasado. Nuestro papel, como el del banco, permite que los ciudadanos aporten sus recursos a una causa social y la Administración, que tendría que asumir esta función, pueda dedicarse a cubrir otro tipo de necesidades.

«Esta temporada la gente lo está pasando muy mal, sin apenas medios económicos»

La Fundación Hogar Santa Lucía, gestionada por la congregación de las Misioneras Esclavas del Inmaculado Corazón de María, trabaja «con mujeres que están al límite, en la calle, abandonadas, dedicadas a la prostitución, víctimas de violencia doméstica y de toda clase de marginación», como explica Susana Castillo, educadora de esta casa de acogida de mujeres solas (sin hijos a su cargo) desde hace nueve años y encargada de recoger la ayuda del banco de alimentos.

-¿Qué supone la ayuda de Balrial?

-Es muy importante, colabora muchísimo con nosotros, sin esta ayuda sería imposible llevar la casa, tanto en los alimentos perecederos como en los no perecederos. Cada 15 días recibimos un pedido y aparte de ese reparto periódico, si necesitamos algo llamamos y ellos lo buscan y nos abastecen. Últimamente estamos sin fruta porque el FOGGA (Fondo Galego de Garantía Agraria, de la Xunta) está paralizado hasta primeros de octubre, y en el banco recogen a diario el sobrante de los supermercados, que después aquí tenemos que seleccionar, porque no todo vale. Nosotros, aparte de recibir, también somos colaboradoras voluntarias del banco, nuestras mujeres cubren turnos en alguna tienda cuando hay recogidas.

-¿Percibe una mayor necesidad?

-Sí. Nuestro centro tiene capacidad para 18 mujeres, que viven aquí el tiempo que necesiten; pero también colaboramos con las que ya han salido del hogar, pero perciben una prestación por invalidez o la Risga y con eso es imposible vivir. Llevamos una temporada que la gente lo está pasando muy mal, sin apenas medios económicos [...]. Si los políticos vieran la historia de una sola de las mujeres que llegan aquí sabrían lo difícil que es vivir, hay situaciones tremendas, escalofriantes.

«Cada semana se suma alguna familia, en un año hemos pasado de 50 a 75»

La delegación de Cáritas que dirige Guillermo Cedeira atiende las parroquias de San Caetano, Guadalupe y San Xoán. Cada 15 días reparten víveres a 75 familias, 230 personas, de las que 44 son menores de ocho años. «Sin el banco de alimentos [de Santiago] no podríamos hacerlo [Cáritas no tiene recursos], su papel es básico para la subsistencia de estas tres comunidades», subraya.

-¿Ha disminuido la demanda?

-No, llevo aquí un año, cuando entré éramos unas 50 familias y ahora 75, y todas las semanas se suma alguna, una o dos, vecinos de aquí y también inmigrantes.

-¿Cómo distribuyen la ayuda?

-Por persona, pero si hay niños, siempre añadimos más, si son cuatro y dos son menores, en vez de cuatro cartones de leche metemos seis. Así, una vez cada 15 días a todas las familias.

-¿Por qué es tan importante que los ciudadanos colaboremos con el banco de alimentos?

-La gente dice ‘para qué voy a aportar un paquete de garbanzos, de qué vale’, pero ese, arrimado a otro, son dos, y a otro, tres, y ya hay tres familias que van a poder comer. Nunca es poco lo que se da. Es verdad que lo que está haciendo Cáritas no es solucionar el problema, es una ayuda que permite vivir a estas familias.

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