Negreira, tierra de llamas...


Si por mi conciencia fuese y no existiese el jamón o el marisco, mi vida sería la de una vegetariana. Tampoco soñaría con subirme cada dos por tres a un avión para conocer mundo y a mi misma, porque como bien me acaban de recordar, el queroseno que se necesita para desplazar a mi cuerpo gentil por los aires es todo un atentado contra la capa de ozono.

Si tuviese conciencia sería más animalista, aunque para muchas personas que me rodean mi opinión de prohibir por ley los toros y penar de verdad atentados contra los animales es la mejor prueba de que pertenezco a una secta casi peor que la de las feminazis. Planteo esta reflexión después de ver la polémica surgida en Negreira por la presencia de animales en la Feira do Románico. Uno de los ejemplares que todo el mundo pudo contemplar fue una llama, un animal que para verlo en su hábitat natural habría que saltar el charco.

Hace muchos años, cuando apenas levantaba un metro del suelo, fui por vez primera a un zoo. Y allí, mientras mi mente escapaba a la velocidad de la luz del reptilario y buscaba los tigres de Bengala y el bebé Panda, un niño preguntaba insistentemente a sus padres dónde estaban las vacas, mientras para mis adentros yo me preguntaba como alguien podía ser tan tonto.

Solo porque a todos nos gusta ver cosas y animales que no acostumbramos puedo llegar a entender la presencia de una llama en la Feira do Románico, aunque si tiras de recreación histórica, las fechas no cuadran precisamente. Pero lo cierto es que el recuerdo más profundo de mi primera visita al zoo fue la de aquel impresionante tigre de Bengala acorralado entre cristales.

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