Calvario


El de las colas en el Obradoiro para acceder a la fugaz contemplación del pórtico de la Gloria es un problema anunciado que, aunque tarde, requiere una solución. Es un problema para las personas que sufren las largas esperas, hasta tres horas, incluso más, en condiciones inhumanas estos días, con frecuencia bajo un sol abrasador. Y es un problema de ciudad, de imagen de ciudad, porque tiene algo de tercermundista: procedimientos hay para organizar el acceso a un monumento sin que suponga un calvario para nadie. El balance de los visitantes es positivo porque la admiración durante los quince minutos cronometrados de la obra rehabilitada de Mateo puede con todo y pesa mucho más que lo que ha costado llegar hasta ella. Ahora bien, los turistas tendrán motivos para, en segundo lugar, hablar de las colas como de una pesadilla que empañó su experiencia de Compostela. Los hosteleros y comerciantes piden una organización de los accesos que salve esas colas kilométricas -por ejemplo, entregando tiques-, y lo hacen desde la defensa de sus propios intereses económicos, cuestión que se deriva de las dos citadas: si el turista dispone de esas tres horas, evita la tortura de la espera, disfruta más de la ciudad y, por tanto, tiene más tiempo para consumir. Nadie puede reprochar a la Catedral que el sistema, aunque propio de penitentes, es justo y evita chanchullos: rigurosísimo orden de llegada. Tampoco que no ha universalizado todo lo posible las vistas al organizarlas de forma que entran hasta 1.500 personas al día sin que sufra el Pórtico y no cobrar. Pero debía haber evitado esas colas. Aún puede hacerlo.

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