Verde océano


Afalta de océano azul, el mejor paisaje natural que relaja los agobios urbanitas es el verde, y de verde los vecinos de Compostela no nos podemos quejar. Tenemos el privilegio de disfrutar de una ciudad que no solo cuenta con un litoral de piedra paradisíaco y, en el Obradoiro, con la única playa posible de las catedrales (vaya usted esta mañana y a ver si encuentra espacio donde instalar su tumbona); gozamos, miremos al norte o al sur, al este o al oeste, de un horizonte arbolado y, a la misma puerta de casa o muy cerca de ella, viva usted donde viva, de una alfombra verde por la que transitar suavemente hacia los quehaceres diarios o descansar de ellos a la vuelta. No hay duda, Compostela es un lujo de zonas verdes como pocas ciudades en España. Vamos bien servidos de renta verde per cápita, pero tanta riqueza arrastra déficits en la calidad de sus cuidados, que no está al nivel de la monumentalidad de este patrimonio natural. De Belvís a la Granxa do Xesto, de Eugenio Granell a la Alameda, en los grandes parques urbanos, y también en los pequeños jardines, hay problemas de mantenimiento, suciedad y deterioro del mobiliario urbano achacables al incivismo de unos pocos y a unos recursos insuficientes para abarcarlo todo, por mucho que se esfuerce el personal de la concesionaria municipal. Urge mimar la monumental Alameda, sus paseos y sus árboles históricos, y dotar de servicios a los parques forestales. El poder de atracción de la Granxa do Xesto decae si el visitante no tiene donde tomar un refresco con vistas a la Catedral o a los niños que cuelgan de la tirolina. Si mimamos el océano verde subirá la marea de la rentabilidad social y, por qué no, del retorno económico.

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